martes, 25 de abril de 2017

Sociedad musical


El blues y su historia. Armónica y guitarra. Guitarra y armónica. Empatía entre dos músicos, sonido profundo. Blues, blues blues... Sonny Terry y Brownie McGhee, Buddy Guy y Junior Wells, Cephas y Wiggins, Anson Funderburgh y Sam Myers. Fueron todas sociedades musicales que trascendieron a su época. También hay otras que trascienden a su tierra, tienden lazos y abren puertas pese a las barreras idiomáticas. Mucho de eso hay en la relación entre Botafogo y Bruce Ewan. Se conocieron en los noventa y desde entonces tocaron infinidad de veces, aquí en la Argentina como en Estados Unidos, y hasta grabaron un disco juntos.

El sábado se reencontraron en el escenario de La Trastienda. No voy a hacer una reseña del show porque apenas pude ver 40 minutos antes de irme para la radio, pero ese tiempo sobró para darme cuenta que la sinergia entre ambos artistas está intacta. La intensidad de la guitarra eléctrica de Bota combinada con la sonoridad orgánica de la armónica de Ewan fluyeron como el viento costero. Have a good time, de Walter Horton, fue un momento esencial, la expresión suprema del blues de Chicago, en medio de un homenaje a Billy Boy Arnold y dos versiones fantásticas de Nine below zero y Walking thru the park.

Con Pappo's Leavin' Town, del último disco de Ewan, Bluesero (sí, así con "e" porque nadie va a imponer como escribirlo), la energía del Carpo se hizo presente. Un gringo le escribió una canción y vino a tocarla con su discípulo a Buenos Aires. Cómo no iba a pintar el espíritu de Pappo en ese momento. La banda también se vio enrollada en el trance de Ewan y Bota. María Belén Medina hizo unos solos elevados y aguantó con gran pulso el duelo que le planteó el armoniquista. Aldana Aguirre y Giulliana Merello volcaron un groove sensual desde una tajante base rítmica.

Cuando me iba, Bota empezaba a tocar Post Crucifixión. Me dijeron que después tocó algunas más del cancionero del rock nacional y que Bruce Ewan sopló su armónica con el mismo placer e intensidad como si estuviera tocando una de Sonny Boy Williamson. Estos dos grandes maestros demostraron que el blues no cierra puertas, las abre, y que no hace falta creerse más negro que los negros para cantarlo. Me hubiera gustado ver todo el show, pero el deber llamaba. Me fui tranquilo porque es obvio que esa sociedad musical, más tarde o más temprano, volverá a juntarse.

lunes, 17 de abril de 2017

El sueco que conquistó Chicago


En 1963, Per "Slim" Notini formó la primera banda de blues de Suecia, la Slim's Blues Gang, y al año siguiente, según consignó Samuel Chartes, el grupo editó el primer disco de blues de ese país. Casi en paralelo, los dueños de Sonet Records, un sello local que llevaba menos de una década grabando artistas de jazz colaboró con la llegada a Estocolmo de legendarios bluesmen de Chicago, como parte de los American Folk Blues Festivals que organizaban dos promotores alemanes. De esa manera, Muddy Waters, Willie Dixon y Sonny Boy Williamson, entre otros, llegaron por primera vez a ese país nórdico y dejaron su huella. En los meses siguientes, gracias a la difusión de los artistas negros en Europa el blues tuvo un inesperado boom que Sonet supo capitalizar en un acuerdo comercial con Chess Records. Fue entonces cuando apareció en escena Per-Åke Tommy Persson, o simplemente "Peps".

En 1967, se cruzaron los caminos de Peps Persson, Slim Notini y Sonet Records. El sello decidió grabar su primer disco de blues local y para eso firmaron con Persson quien tenía una sólida base de blues de Chicago. Peps llamó a su amigo Slim para que colaborara con su banda. El resultado fue el álbum Blues Connection. El contexto histórico es importante: por aquél entonces en Suecia, al igual que en gran parte de Europa, primaba el sonido de las bandas y solistas ingleses, y los músicos locales no querían imitarlos. Las visitas que pocos años antes habían recibido de los pioneros del blues los habían marcado a fuego y eso es lo que buscaban emular pero con un toque autóctono. La relación comercial entre Sonet y Peps, que por esa época se presentaba con el nombre artístico de Linkin' Louisiana Peps, se había consolidado y, en 1969, al frente de una nueva banda, Blues Quality, lanzó el disco Sweet Mary Jane, con la polémica portada de los músicos entremezclados con vigorosas plantas de marihuana. El sonido blusero del grupo en ese álbum no tenía absolutamente nada que envidiarle al de los Bluesbreakers de John Mayall.

A comienzos de la década del setenta, Sonet contrató a Samuel Charters para que produjera algunos discos de blues. La llegada del prestigioso investigador y musicólogo a Suecia se convirtió en un hito del blues. Primero porque sería el inicio de una relación que derivó algunos años más tarde en la serie de discos conocida como The Legacy of the Blues, que incluyó entrevistas y grabaciones con una docena de músicos como Big Joe Williams, Lightinin' Hopkins, J.D. Short, Mighty Joe Young, Memphis Slim y Champion Jack Dupree, entre otros. Pero antes de que eso sucediera, en 1972, Charters creó un nexo directo entre Estocolmo y Chicago para el que contó con la figura y el talento de Peps.

Charters recordó que el día que Peps llegó a Chicago "el clima estaba helado y soplaba un viento crudo desde el lago Michigan", y el sueco bajó del avión vistiendo apenas un pullover liviano, un saco y pantalones tweed. Llevaba el estuche de su guitarra y una valija en la que había algo de ropa, cuerdas y armónicas. Cuando Charters le preguntó qué era lo primero que quería hacer en la ciudad, Peps le respondió que deseaba ir a Sylvio's, uno de los bares más tradicionales de blues de la década del cincuenta. Peps no tendría suerte porque ese antro había cerrado hacía un tiempo así que ambos fueron a parar a Theresa's. En los próximos días le esperaría una agenda cargada. Charters le había organizado cuatro sesiones de grabación. La primera con Sunnyland Slim y su banda. Luego con Mighty Joe Young, después con los Aces y, por último, con Jimmy Dawkins.

La primera de esas sesiones encontró al sueco, de cabellera larga y aspecto hippie, cara a cara con uno de los popes de Chicago. El viejo Sunnyland Slim tocaba un blues `bien clásico y llevó a Carey Bell en armónica, Joe Hooper en bajo y W.W. Wiliams en batería. Con ellos, Peps cantó y tocó la guitarra. Cinco canciones quedaron registradas en el álbum doble The week Peps came to Chicago, entre ellas, cuatro composiciones del sueco, así como también una toma alternativa de There's tears in your eyes. Según recordó Charters, los músicos quedaron muy impresionados con Peps.

La movida siguió en los estudios Sound, ubicados sobre la avenida Michigan, al comando de Stu Black. con Mighty Joe Young, el bajista James Green y el baterista Alvino Bennett. Esta vez, el sueco cantó y tocó la armónica. En el disco quedaron registradas otras cinco canciones -cuatro escritas por él y una por Young- y dos versiones alternativas. En cada una de esas interpretaciones se percibe un sonido más moderno pero con el mismo espíritu blusero de la anterior. El siguiente encuentro fue con los Aces -los hermanos Dave y Louis Myers, y Fred Below Jr.- y Peps se dio el lujo con su armónica de liderar, por unas horas, la banda que había estado detrás de Little Walter y Junior Wells. Con ellos también tocó sus propios temas y una versión de Gipsy woman, de Muddy Waters. Para el final de ese raid blusero le quedaba el encuentro con Jimmy Dawkins, figura ascendente de la escena de Chicago. La sección rítmica estuvo a cargo de Mac Thompson en bajo y Bobby Davis en batería, con la colaboración del veterano pianista Johnny "Big Moose" Walker. El repertorio, esta vez, incluyó más covers: Juke, Key to the highway y Going back to the country.

Para Samuel Chartes, la semana que Peps estuvo en Chicago "fue uno de esos momentos que abrió una nueva dimensión en la música sueca". Pero no fue sólo eso, a casi medio siglo de aquellas históricas jornadas, solo comparables con las grabaciones de Fleetwood Mac o los Stones en Chess Records, podemos decir que también fue un momento bisagra que contribuyó aún más a la universalización del blues. El sueco no se amilanó, les enseñó sus propias canciones, tocó con ellos y hasta cantó. Y los músicos locales lo aceptaron por su talento, su respeto y su profundo conocimiento de lo que estaba interpretando.


viernes, 7 de abril de 2017

Futuro blues

Rhiannon Giddens - Freedom highway. La música de Rhiannon Giddens es inspiradora. Es como el arco iris, luminoso, colorido. Es la conjunción perfecta -y equilibrada- entre la tradición de la música popular estadounidense y los tiempos que estamos viviendo. Rhiannon toca el banjo y fusiona blues, country, bluegrass, folk, soul y hasta gospel. Pero además es una gran compositora y tiene una voz dulce y melancólica. Freedom highway no es su primer disco, de hecho tiene bastante experiencia en estudios de grabación: un álbum previo como solista; seis con la banda Carolina Chocolate Drops; y participó de un tributo a Bob Dylan con Elvis Costello y Marcus Mumford, entre otros. Pero este disco es, sin dudas, lo mejor que ha hecho. Cada una de las canciones son una invitación a sentir con más intensidad, a vibrar, a dejarse llevar. Desde la sombría At the purchaser's option o la hermosa balada Birmingham sunday o la trepidante The love we almost had, con ese fascinante solo inicial de trompeta, Rhiannon enaltece el buen gusto. También satisface con los covers: brillantes interpretaciones de The angels laid him away, de Mississippi John Hurt, y el tema que da nombre al álbum, de Pops Staples. El disco se mantiene alto hasta cuando incorpora el rapeo de Justin Harrington en Get it right the first time, un tema comprometido que denuncia la brutalidad policial. Los otros ocho temas son también hermosos tanto como la bella Rhiannon.

Jontavius Willis - Blue metamorphosis. Jontavius tiene 20 años y es discípulo de Taj Mahal. Este, su primer disco, es un refrescante encuentro con el sonido tradicional del blues. Parece mentira que siendo tan joven suene tan maduro y curtido. En cada uno de sus temas muestra un compromiso absoluto con las raíces aunque no se aferra a un estilo regional determinado. Las doce canciones de Blue metamorphosis unen distintos puntos y momentos: desde Delta blues (Ancestor blues y So so blues), Piedmont (Mr. Willis worried blues), Texas (Drunk Sunday) y gospel blues hasta un sonido más eléctrico cercano a Chicago (I got a janky woman). Jontavius toca con slide, con púa y, por sobre todas las cosas, se destaca con el fingerpicking. "Me gusta tocar el viejo blues porque es un vistazo al pasado. Muchos viejos bluesmen son olvidados, solamente queda su memoria y sus discos. El blues es las raíz de la música americana y es grandioso explorarlo". dijo Jontavius en una entrevista a la revista Living Blues. Jontavius Willis es una rara avis. Mientras los jóvenes afroamericanos de su edad eligen el hip hop u otros géneros, él apuesta a la preservación y difusión del blues. Con todo, tiene un futuro brillante y eso es una apuesta fundamental. No creo que pretenda competir con los que fusionan el blues con el rock o derivan en sonidos más contemporáneos, sino que son distintas variantes que suman para que el blues siga vivo.

Dylan Bishop Band - The Exiting Sounds Of the Dylan Bishop. Así como Jontavius Willis, Dylan Bishop también descubrió el blues por YouTube. Al primero lo impactó un video de Muddy Waters, al segundo uno Elmore James. Este chico, del área de Dallas-Forth Worth, en Texas, es aún más joven que el moreno nacido en Greenville, Georgia. Apenas tiene 18 años y recién terminó la escuela secundaria. Tiene un talento innato con las seis cuerdas y se enfoca en el blues de Texas y de la Costa Oeste. Sus máximas influencias son Johnny "Guitar" Watson, Clarence "Gatemouth" Brown y Jimmie Vaughan, pero mucho contribuyeron en su desarrollo como guitarrista y músico Mike Morgan, Anson Funderburgh y Hash Brown. En el caso de Vaughan, quedó tan impresionado al escucharlo por primera que se ofreció a tocar en el disco. "Este es tu disco, así que haré lo que quieras", le dijo el legendario guitarrista texano. El álbum es excelente de punta a punta. Comienza con la animada She`s my baby y se mantiene siempre arriba hasta el final. Bishop apunta a transmitir el blues a los chicos de su edad, tarea nada fácil. "Voy a incorporar otras cosas, nada drástico, quiero demostrarles que este es un género divertido. Por eso no quiero encasillarme, la música es cambiante y evolutiva", explicó al Dallas Observer. Pronto lo veremos en Buenos Aires.

jueves, 30 de marzo de 2017

De promesa a realidad


Hace unos años hice una encuesta entre medio centenar de músicos del blues local y una de las preguntas era ¿Quién es la promesa del blues argentino? Once de los 51 consultados eligieron a Federico Verteramo. En segundo lugar quedó Juan Manuel Torres con seis votos. Por entonces Verteramo tenía 20 años y era el guitarrista de una banda que se disolvió, Los Huesos de Gato Negro, pero que dejó su huella entre la nueva generación de bluseros argentinos. Desde entonces, el guitarrista zurdo no paró de perfeccionarse y de trabajar con distintas agrupaciones. Tocó en la banda de Adrián Flores, en la de Xime Monzón y con Jorge Costales. Se fue de gira a Europa con Nacho Ladisa y desde hace un tiempo es uno de los guitarristas de Easy Babies. Ahora, al frente de su proyecto Verteramo Trío, acaba de lanzar su disco debut.

A sus dotes como guitarrista le sumó un estilo de canto despojado, con un feeling especial y buen registro. El álbum reúne once temas, diez de ellos son covers y una composición instrumental propia, Mala suerte amigo, con la que se despide. Verteramo contó con la co-producción de Julio Fabiani y la mezcla de Daniel De Vita.

Si bien la banda y el disco se llaman Verteramo Trío solo en dos temas se presenta con ese formato –con Germán Pedraza en batería y Chirstian Morana en bajo, la rítmica de Los Huesos...- y son justo dos instrumentales, el mencionado Mala suerte amigo y Don't lose your cool, de Albert Collins. En las demás canciones cuenta con una amplia gama de invitados que jerarquizan su sonido y le permiten destacarse aún más dentro de los diferentes estilos de blues que abarca. Comienza con Don´t say that no more, la gran composición de Jimmy Reed, con el piano de Anahí Fabiani sosteniendo la melodía. Sigue con la poderosa I got a rocket in my pocket, clásico de la década del cincuenta, al que le imprime unos riffs de guitarra fabulosos respaldado por Tavo Doreste en piano y los caños de Yair Lerner, Federico Álvarez y Gonzalo Pérez. En Mean old train explora el blues de Chicago antes de homenajear con mucho ímpetu a Freddie King con Big legged woman, con la incomparable voz de Guido Venegoni y otra vez el soporte de la sección de vientos y Doreste aporreando las teclas.

En la mitad del álbum sorprende con una exquisita interpretación de Honky tonk woman de los Stones, mucho más bluesy que la original, con un buen aporte en slide de Julio Fabiani y los coros sublimes de Florencia Andrada. En Letter to my girlfriend, inspirada en la versión de Guitar Slim, Verteramo y los vientos sobrevuelan la tradición del temprano R&B y el sonido de Nueva Orleans. Night time is the right time, con Florencia Andrada ahora en voz principal, mantiene la vara muy alta, y luego vuelve sobre la figura de Jimmy Reed con I´m going upside your head con Julio Fabiani otra vez acompañándolo en guitarra. Para el final suma la armónica de Jorge Costales en Sleeping in the ground y así redondea un álbum formidable y muy variado.

En cada uno de los temas el guitarrista despliega toda su técnica y sentimiento, con fraseos soberbios y unos punteos muy intensos y profundos. Verteramo ya no es más aquel niño prodigio al que sus pares eligieron como la promesa del blues argentino, es un músico hecho y derecho, con un gran presente, que le asegura a la tradición del blues, y sus distintos estilos, un gran futuro.


martes, 21 de marzo de 2017

¿Cuál es el futuro del blues?


Las primeras reacciones ante las muertes de James Cotton y Chuck Berry, con apenas 48 horas de diferencia, fueron de consternación, pero inmediatamente surgieron los interrogantes sobre el futuro del blues. ¿El género sobrevivirá con la ausencia de sus próceres? ¿Los jóvenes músicos estarán a la altura de sus predecesores? ¿Seguirá siendo blues o mutará en estilos inclasificables?

Es cierto que Chuck Berry trascendió al ámbito del blues y es reconocido como uno de los pioneros del rock and roll. Pero no nos olvidemos que fue uno de los músicos insignia de Chess Records en la década del 50, la era dorada del blues de Chicago. En esas grabaciones contó con la participación de Willie Dixon, Matt Murphy, Johnnie Johnson, Fred Below, Lafayette Leake y algunos otros músicos que aún hoy no se logró determinar quiénes fueron y figuran como "unknown" en los catálogos. Berry llegó al sello de los hermanos Chess gracias a Muddy Waters.

Por ese entonces, James Cotton, nueve años menor que Berry, se sumó con su armónica a la banda de Waters. Es decir, los dos estuvieron en un momento clave del desarrollo del blues eléctrico –que coincidió con el nacimiento del rock & roll- y cada uno hizo su aporte significativo. Por el lado de Berry, lo suyo no varió mucho con el correr de los años. De alguna manera quedó atrapado, por el resto de su carrera, en un loop perpetuo de Johnny B. Goode, Maybellene y Roll over Beethoven. A tal punto que en los últimos años de su vida, sus hijos lo explotaron comercialmente, llevándolo por varios países, entre ellos Argentina, montando un espectáculo que el pobre y viejo Chuck no estaba en condiciones de dar. (Esto promete seguir porque Chuck dejó un disco grabado que sus hijos ya anticiparon que editarán en breve cuando el cadáver de su padre todavía está tibio).

El caso de Cotton fue muy diferente. Entre fines de los sesenta y mediados de los setenta grabó algunos álbumes más inclinados a los sonidos de la época, con sección de vientos, funky y soul, en busca de una oportunidad comercial. Luego llegó su vínculo con Alligator Records, editó algunos de sus mejores discos y se convirtió en un referente indiscutible de la armónica contemporánea. Las últimas dos décadas lanzó, en su mayoría, discos híper producidos para distintos sellos importantes. En síntesis, su carrera siempre fue ondulante y en muchos momentos priorizó lo comercial por encima de lo estilístico. Y no está mal, de hecho eso lo hicieron la mayoría de los bluseros, desde B.B. y Albert King, hasta Buddy Guy y el mismísimo Muddy Waters.

Buddy Guy
Hay una cuestión generacional que es ineludible. Las viejas glorias del blues se mueren y la pregunta es qué le depara al género en el futuro. Veamos: Buddy Guy tiene más de 80 años, se lo ve muy bien de salud y gira alrededor del mundo con su show for export que muchos bluseros tradicionales detestan. Pero el tipo vende discos, llena teatros y, guste o no, es el máximo referente del blues en estos momentos. Luego están Henry Gray, Billy Boy Arnold, Cedell Davis y Lazy Lester, aunque ya por su edad y distintas problemas de salud su protagonismo en la escena musical es casi nulo. Otis Rush sigue vivo pero hace años que está inactivo. Y los pocos que giran con cierta frecuencia son Bobby Rush, Jimmy "Duck" Holmes, Robert "Bilbo" Walker, John Primer, Lurrie Bell y Eddy Clearwater... no muchos más. Después está el elenco de bluseros blancos con amplia trayectoria encabezado por Ronnie Earl, Duke Robillard, John Mayall, Sugar Ray Norcia, Anson Funderburgh, Jimmie Vaughan, John Hammond Jr. y Charly Musselwhite . Todos ellos siguen vigentes, tanto en festivales y/o grabando frecuentemente, cada uno de ellos con un estilo determinado. Pero todos superan los 60 años y el reloj está corriendo.

Jontavius Willis
Entre los de la nueva generación, el que más se destaca -y al que más critican también- es Joe Bonamassa. Los puristas lo detestan pero el tipo sacó discos en vivo en los que homenajea a los tres King, a Muddy Waters y Howlin' Wolf, o toca temas de Charley Patton y así esparce la palabra blues por el mundo. En la otra punta se ubica Jontavius Willis, un joven de 20 años, discípulo de Taj Mahal, que toca blues tradicional, pero como bien señala Juan Urbano López no ostenta un estilo definido como los bluseros de antaño sino que va del ragtime al blues del Delta, al piedmont e incluso Chicago. Probablemente sí, esa parte del folclore tradicional, de los bluesmen que solo tocaban música de su región esté a punto de extinguirse.

Jontavius descubrió el blues en YouTube. Lo mismo le pasó a otro joven talento, Dylan Bishop. Y es probable que lo mismo haya sucedido con Marquise Knox, Rhiannon Giddens o Christone Kingfish Ingram. Todos ellos están expuestos a un bombardeo de información permanente difícil de manejar y tal vez en el futuro terminen haciendo algo que muchos consideren que no es blues. Les pasó, sin ir más lejos, a las esperanzas del blues tradicional de la década del noventa: Corey Harris se volcó al reggae; Alvin "Youngblood" Hart al rock; y Keb' Mo' se obsesionó con las nominaciones al Grammy.

Daniel De Vita
En contraposición, en un país tan distante del Mississippi como la Argentina, hay músicos jóvenes muy enfocados en preservar la tradición o algún estilo en particular. Daniel De Vita, An Díaz, El Club del Jump, Xime Monzón y Federico Verteramo son los principales referentes. Leo Parra Castillo, gran intérprete de country blues me lo dejó muy claro cuando le pregunté si no tocaba nada de Mississippi John Hurt. "Por ahora estoy concentrado en Charley Patton, Son House, Robert Johnson y el sonido más puro del Delta y trato de no perderme en la sobreabundancia de información", respondió. Todos ellos respetan a rajatabla distintos estilos de blues como lo hicieron –y lo hacen- Daniel Raffo, Adrián Jiménez, Nico Smoljan, Damián Duflós y tantos otros. En el otro extremo están los que escriben sus propias canciones en español y siguen la línea del blues argentino, desde Botafogo y La Mississippi hasta Easy Babies y 50 Negras.

En definitiva, las muertes de James Cotton y Chuck Berry golpearon duro al ambiente del blues –y de la música en general- pero de ninguna manera constituyen el certificado de defunción del género. Desde sus inicios, el blues fue dinámico y evolutivo. El blues no se murió con el nacimiento del rock and roll, por el contrario tuvo un redescubrimiento. Con la llegada del CD se editaron y reeditaron muchos más discos de los que se editaban hasta entonces. Internet y las redes sociales acercaron de manera brutal y sin filtro a una nueva generación.

Hoy el escenario es distinto, pero eso no significa que todo esté perdido, sino que la gama de ofertas bluseras es mucho más amplia y está a la distancia de un click. Me parece inconducente la discusión sobre qué es y qué no es blues. A comienzos de los cincuenta, Big Bill Broonzy decía que Muddy Waters no tocaba blues y lo que pasaba, en realidad, es que no tocaba blues como él lo conocía. De cara al futuro, la comunidad blusera deberá aceptar que el paso del tiempo es ineludible y reconocer que las nuevas generaciones tendrán otra forma de expresar el blues. Y éstas deberán asumir el compromiso, independientemente del estilo que toquen, de preservar y difundir el legado y la esencia del viejo blues.

viernes, 17 de marzo de 2017

Hill colombian blues


Carlos Elliot Jr. está vestido igual que en la tapa de su disco Del Otún & el Mississippi, el último que editó. Lleva camisa a cuadros, la misma remera negra por debajo, el sombrero que lo caracteriza, pantalón de jean y botas de gamuza. Camina por entre las mesas y se sienta a charlar con todos los que fueron hasta el Balcón de Blues para ver su debut porteño. Es un tipo agradable, conversador y se muestra muy agradecido. El show empieza poco después de las 23, la Telecaster roja cuelga de sus hombros mientras sopla un pífano y el baterista Eduardo Oviedo, colombiano como él, marca el ritmo de un blues hipóntico con el que el que invocan a los espíritus del Hill country blues.

Toma la guitarra y larga los primeros acordes de Dance with me. El repiqueteo de la batería es incesante, no hay respiro. Elliot Jr. hace la rítmica, lanza unos riffs serpenteantes y cuela unos solos furtivos. Son dos pero suenan como si fueran cinco. “Y ahora vamos a tocar un tema dedicado a una vieja mula de mi tierra”. La zona es Pereira, epicentro del eje cafetero, la perla del Otún. La mula es Katrina. El ritmo es desenfrenado y seductor.

Entonces empiezan a desfilar los amigos: Rubén Vaneske –ex armoniquista de La Mississippi y productor del show- sube con su washboard y su armónica, y también lo hacen sus ex compañeros de la banda, los saxofonistas Eduardo Introcaso y Zeta Yeyati. Carlos Elliot Jr. anuncia el siguiente tema, Shake your body on the dance floor, y la música toma un camino insondable: el Hill country blues se pierde en un alocado frenesí de jazz avant garde, que se agudiza con Love you with all my heart. Y mientras los saxos deambulan por el éter de la improvisación, el guitarrista camina entre las mesas, se sube a una banqueta, luego a la barra y sigue tocando como si solo estuviera haciendo la mímica de lo que está sonando. El cierre de la primera parte encuentra otra vez solos a los músicos colombianos interpretando Got this feeling con un espíritu más souleado.

El intervalo, que anunció de “cinco, o diez, o quince minutos”, dura casi media hora. El hechicero colombiano vuelve a escena con su baterista y Héctor Bracamonte, el Bracagol del blues, en segunda guitarra, lugar que luego ocupará el zurdo Hernán Tamanini. Y Carlos Elliot Jr. vuelve a caminar entre las mesas, pero esta vez va más allá, cruza la puerta y sale a la calle. El semáforo de Lavalle y Mario Bravo está en rojo, no pasan autos y en el cruce de ambas arterias el tipo se acuesta sobre el asfalto y sigue tocando como si fuera algo normal.

En nuestro país no hay casi exponentes del sonido del Hill country blues, tal vez los más destacados, por no decir los únicos, son los cordobeses de Alligator's Sons, así que la presentación de Carlos Elliot Jr. es de un valor doble: un músico colombiano tocando el estilo del norte del Mississippi en la Argentina. Una muestra más de que el blues sigue derribando fronteras.

martes, 14 de marzo de 2017

Ambos mundos


El disco tiene un instante trascendental de diez segundos. En ese breve lapso, la voz de An Díaz entra en erupción como un volcán. Es la introducción de I can't quit you baby y ella llega a un registro vocal extraordinario, inspirado en ese comienzo mágico de Otis Rush cantando en vivo en uno de los American Folk Blues Festival. Luego entra la banda -Daniel De Vita en guitarra, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería- y despliega un soporte eléctrico con el que la voz de An se esparce con comodidad sin perder intensidad.

Ese tema aparece promediando el álbum -EP, más bien- debut de An, una paleta colorida que, como explicó ella, refleja lo que pasó en su vida desde que comenzó con la música no hace mucho tiempo atrás. El álbum tiene blues y gospel, sus dos mundos, casi en proporciones idénticas.

Todo comienza con ella rasgando una guitarra acústica y cantando You can talk about me, de Jessie Mae Hemphill, en una búsqueda profunda de sus raíces musicales, bien al norte del Mississippi. Luego deja el porche de una cabaña desvencijada e ingresa en una iglesia junto al brasileño Luciano Leães. quien sostiene una base de hammond para que ella entone If I can help somebody, de Mahalia Jackson. Sigue en la misma línea espiritual con I'm gonna live (the life I sing about in my songs), pero esta vez la acompaña en voz y guitarra acústica su maestro Gabriel Grätzer, y el sonido imita las viejas grabaciones de de las décadas del veinte y el treinta.

Con mucha fuerza y, el sostén rítmico de Dany De Vita en guitarra eléctrica, versiona Anytime you want de Sean Costello. Después de la apabullante interpretación de I can't quit... sigue en Chicago y con mismo el trío eléctrico para rendirle tributo a Magic Sam con Keep on lovin' you baby. El disco termina con An entonando Death is awful, de Vera Hall, con base de percusión electrónica y extractos del discurso de I have a dream de Martin "Luther" King. Pero hay algo más... un track oculto, An's song, en el que Lee -músico oriundo Clewiston, Florida, radicado en Buenos Aires- la acompaña en Rhodes y voz.

La calidad de grabación es óptima porque detrás de la consola estuvo De Vita y además Mariano D'Andrea sumó know how durante la sesión de 9 de octubre del año pasado.

Ella eleva su voz, potente e inmaculada, cualidades que distinguen al blues y al gopel de raíz.

Los dos mundos de An.


lunes, 6 de marzo de 2017

El Club del Progreso


Es sorprendente la evolución musical de El Club del Jump. Hace apenas poco más de tres años era una banda en formación y hoy es un grupo de nivel internacional. Y no hay ni la más mínima exageración en esa sentencia. Alcanzaron un sonido prolijo y exquisito, un ensamble modélico y los arrebatos individuales de los hermanos Burguez, desde la guitarra o los teclados, son formidables. A todo eso le sumaron la composición y algunos de los temas que escribieron tranquilamente podrían pasar a ser parte del repertorio de músicos como Ronnie Earl o Sugar Ray Norcia.

Basta con escuchar Don't worry, el segundo tema del disco, escrito por Martín Burguez, para comprender de qué va la cosa. Martín se convirtió en un músico excepcional, claramente tiene un talento innato al que le agrega una cuota importante de sacrificio y dedicación. Porque para llegar a tocar así, con tanto swing y timming, hay que practicar y ensayar hasta que los dedos pidan clemencia. Pero no es sólo con la guitarra con lo que se destaca. Su canto encaja perfectamente en el molde del jump y el west coast.

Todo el disco tiene un sonido cuidado, no hay ni un bache y la rítmica, encabezada por Christian Morana en bajo y Gonzalo Rodríguez en batería, motoriza la dinámica aplastante de la banda y, cuando es necesario, allana el camino, con un pulso equilibrado, para que se destaquen los solistas. Checkmate cuenta además con dos invitados internacionales, los brasileños Camila Dengo e Iván Marcio. Ella canta una sensual versión de 5,10,15 hours, y él colabora en voz y armónica en el clásico Lonesome train. Nico Smoljan también sopla su armónica en Ain't got you, de Billy Boy Arnold, tal vez, el único tema Chicago del disco. Y luego están Yair Lerner en trompeta y Federico Álvarez en saxo que suman el poder de los caños en tres de las 14 canciones del disco.

El álbum, el segundo de la banda, cuenta también con algunas curiosidades que vale la pena destacar. La primera es la versión sublime y bluseada de La Calabresa, una canción tradicional italiana que Martín Burguez me contó que solía cantársela su abuelo. Los solos de piano y guitarra son realmente fantásticos. La segunda es Dance and feel the blues, un tema escrito por los hermanos Burguez inspirados en el sonido de Nueva Orleans, con un gran aporte de los caños. Y la tercera es Buffalo jump, en el que la banda muestra su potencial jazzero.

Checkmate es un álbum que no tiene desperdicio. Marca la evolución de una banda que sabe lo que quiere y cuál es el rumbo que debe seguir. Pongan el disco, sírvanse un whisky y disfruten de esta fusión fantástica de blues y swing.


sábado, 25 de febrero de 2017

Comfort sureño

Rich Robinson - Foto Daniela Cilli
Rich Robinson no es muy expresivo, al menos con las palabras y los gestos. Sí lo es con sus solos de guitarra, extensos y profundos, y con las letras de sus canciones. Dos de las tres veces que se dirige al público son para agradecerle a Nico Bereciartúa, guitarrista de su banda, por haberlo traído a la Argentina. La otra es para cuestionar a los que usan sus teléfonos celulares para ver Facebook en medio del show. “Desde aquí podemos ver cómo se iluminan sus caras”, dice.

El sonido de Rich Robinson, en su versión solista, es mucho más refinado que el de los Black Crowes, por más que en el set list incluya varios temas de la banda que formó con su hermano Chris a mediados de la década del ochenta. Pero el espíritu es el mismo. Eso no lo negocia: rock & roll sureño en su máxima expresión.

A las 21.45 se corre el telón del Teatro Gran Rivadavia y los músicos entran en fila. Nico Bereciartúa, que animó la previa con su propia banda, encabeza el grupo y se ubica en el extremo opuesto. Robinson lleva el pelo atado, se cuelga la guitarra al hombro y lanza los primeros acordes de Shipwrek, tema con el que abre su disco Flux. Pero algo falla. Su voz no se escucha en absoluto y, pese a las reiteradas señas que le hace al sonidista, no logra solucionarlo.

En el segundo tema, Stand up, cantado por John Hogg –también corista, guitarrista y percusionista- el sonidista arregla el percance y todo vuelve a la normalidad. El resto del repertorio alterna entre temas de sus propios discos con algunos de los Black Crowes como Hotel illness, What is home y Oh Josephine, en la que se genera un cruce de solos entre Rich, Nico y el tecladista Matt Slocum, que marca un quiebre en la intensidad sonora que propone la agrupación.

A partir de ese momento, con otra de los Crowes, Wiser time, la banda sube el volumen a límites sensibles y no parara hasta el último acorde de la noche. Los solos Rich y Nico se conjugan en cada una de las canciones, algunas veces con slide y otras no, pero generando una alternancia inflamable que llega a su pico con el cover de los Allman Brothers, Stand back.

Nico Bereciartúa. Foto Daniela Cilli
La banda tiene una tremenda solidez y su articulación es de una complejidad notable. El ritmo que llevan Sven Pipien (bajo) y Joe Magistro (batería) es inquebrantable.Se percibe el comfort sureño y en su explosión roquera, de jam perpetua, conviven las raíces más profundas de la música norteamericana. Y Nico se desenvuelve entre ellos con mucha naturalidad. Todos sus punteos fluyen libremente y cuando lleva la rítmica lo hace con mucha convicción. Su relación con Rich, que comenzó con una botella al mar, se convirtió en una sociedad que apuesta al futuro.

La capacidad del teatro está en un 60 o 70 por ciento. El público tiene momentos de júbilo aunque a algunos se los ve aturdidos por el volumen. Sobre el final llega Oh! Sweet nuthin’, exquisito cover de Velvet Underground, que Rich canta con mucho sentimiento y en el bis vuelve a los Black Crowes con Thorn in my pride, porque siempre, siempre, se vuelve a las fuentes.

viernes, 17 de febrero de 2017

Reunión cumbre


En 2010, Viviana Dallas y Marcelo Ponce cumplieron un viejo sueño: trajeron a la Argentina a Stefan Grossman -músico e historiador neoyorquino, discípulo del Reverendo Gary Davis- para realizar una serie de conciertos y workshops. La experiencia fue muy enriquecedora para el dúo más reconocido del country blues y el gospel local. A más de seis años de aquella reunión cumbre, acaban de lanzar el álbum Down home sessions in Argentina, que revive algunas de las canciones que tocaron juntos.

El disco, que por ahora no fue lanzado en formato físico, comienza con Ponce y Grossman llevando adelante las guitarras mientras Dallas canta Lonesome day blues, de Blind Willie McTell, y Sebastián Casaccio en contrabajo y Matías Mingote German en batería sostienen el ritmo con sutileza. En la misma línea, pero con un espíritu más del Delta del Mississippi, se embarcan en Dust my broom, para luego circunscribir el canto de Dallas a la época dorada del vaudeville con Mean old bed bug blues. Vuelven sobre Robert Johnson, porque siempre se vuelve a Robert Johnson, con una interpretación candente de When you got a good friend.

Es extraordinario el clima que logran cuando versionan Hard time killin' floor de Skip James. El tempo es muy adecuado, la vocalización es conmovedora y las guitarras, esta vez desnudas sin el sostén de la base rítmica, nos transportan a los más profundo del Mississippi. Y allí mismo nos dejan con la cadencia de My baby left me. El repertorio concluye con aproximación a la figura de Blind Blake, con tres de sus temas al ritmo del ragtime, con soltura y buen pulso.

El disco -disponible en Itunes, Amazon, Emusic y Spotify- es una muestra acabada de cómo nuestros artistas de blues están a la par de los estadounidenses tanto en su nivel de conocimiento de la historia del blues como en su capacidad interpretativa y sus dotes técnicos. Pero, tal vez lo más importante de todo, en el caso de Dallas-Ponce, es la pasión con la que viven y sienten el blues.




jueves, 9 de febrero de 2017

Nashville


El trayecto de Oxford a Nashville es el más largo y agotador de todos los que realizamos. El GPS nos lleva por una ruta alternativa, la 18, hacia Jackson, Tennessee, y tras más de dos horas de viaje, empalmamos con la autopista 40. Llegamos a la meca de la música country de noche y nos alojamos en un Days Inn en las afueras de la ciudad. El frío, que venía aumentando en los últimos días, aquí ya resulta insoportable. La temperatura, a eso de las 21, es de cinco grados bajo cero. Así y todo, nos ponemos la ropa más abrigada que tenemos y vamos hasta Broadway, la avenida donde la música brota en cada rincón.

Estacionamos el auto en un parking porque no hay otra opción más que esa y encaramos hacia el bullicio y las luces de neón. Los primeros metros no parecen tan duros, pero enseguida nos damos cuenta que los porteños no estamos preparados para soportar semejante frío. Pasamos por la puerta del mítico auditorio Ryman y ni siquiera podemos detenernos unos segundos para contemplarlo. La sensación es de congelamiento inminente. No damos más. Entramos en el primer lugar en el que parece que podremos recuperar el calor corporal y comer algo. Es un local de hamburguesas, para variar, y pedimos un par de cheeseburgers con papas y batatas fritas. La de Gabriel tiene panceta y cebolla. La mía, apenas tomate.

Estamos en Nashville y no vamos a dejar que el clima nos derrote. Cuando terminamos de comer nos ponemos los guantes, las bufandas, las camperas con capucha y salimos de nuevo a Broadway. Pero perdemos por goleada. Empezamos a caminar rápido en busca de otro lugar en el cual refugiarnos mientras el frío nos clava sus agujas. Entramos en un antro llamado Layla’s. donde suena un rockabilly potente y ruidoso que al principio no nos entusiasma, pero que con el correr de los temas empezamos a disfrutarlo. La banda se llama Hillibilly Casino y toca temas de Johnny Cash, Buddy Holly y Gene Vincent. El cantante tiene una energía demoledora y es un frontman muy atrevido. El trío que lo respalda –guitarra, contrabajo y batería- suena muy compacto. Invitan a cantar a una vocalista de la Brian Setzer Orchestra, Leslie Spencer, y luego a un veterano, pelado y regordete, que dicen que fue contrabajista de Bill Monroe. Se ve que aquí son todos músicos menos yo. Al final abandonamos, pero sin tirar gas pimienta, y nos vamos al hotel porque al día siguiente tenemos mucho por ver.

El sábado a la mañana amanece muy fresco pero el pronóstico augura una temperatura más aceptable. Nuestro primer destino es el Grand Ole Opry House, un clásico de la música country, y del gringaje en general, que está a unos 25 minutos del centro de la ciudad. La gran sala está en medio de un imponente mall comercial, que representa la máxima exaltación del consumo. Sentimos cierta repulsión y decidimos no pagar los 26 dólares que sale el tour por la sala. De allí nos vamos al Partenón, una réplica exacta, de hecho la única que hay en el mundo, de la mítica edificación griega. Este fue construida en 1897 y es una de las pocas atracciones turísticas de Nashville que no está relacionada con la música.

A unas pocas cuadras está el campus de la Universidad de Fisk, cuna del gospel, y allí lo pierdo a Gabriel durante un buen rato. Cuando reaparece todavía es de día y vamos en busca de la revancha a Broadway. Primero pasamos por el Ryman, lo rodeamos pero no podemos entrar porque hay un show que está sold out. Entonces caminamos por aquí y por allá. Nos cruzamos con varios músicos callejeros que tocan por monedas y tenemos la desgracia de escuchar al único negro sin ritmo del mundo: un imitador de Louis Armstrong que canta una y otra vez When the saints go marching in y hace unos solos de trompeta que son más dañinos que el frío del día anterior.

Bajamos hasta el río Cumberland, caminamos por la rambla y entramos en una cafetería. Después de tomar un cappuccino vamos a un centro de convenciones gigante, el Music City Center, que parece una nave espacial. Recorremos una feria de antigüedades y vemos el final del show de una parejita de adolescentes, rubios, pulcros y ella parecida a Reese Witherspoon, que interpretan algunas baladas folk y country.

Poco antes de las 20 llegamos al City Winnery, un coqueto lugar para ver recitales y tomar buenos vinos, fuera del circuito de Broadway. Estamos aquí porque logré que nos acreditarán para el show de Delbert McClinton. Y no es un evento más: se trata de la fiesta de presentación de su nuevo disco, Prick of the Litter. Primero suben a escena el guitarrista Bob Britt y su mujer Etta para hacer un set acústico y nos sorprenden con varios temas de J.B. Lenoir -I feel so good, Voodoo music y How much more- y un par de spirituals como Wade in the water y Jesus is gonna make up my dying bed.

Media hora más tarde aparece en escena el viejo Delbert respaldado por una banda conformada por dos guitarras, piano, hammond, trompeta, saxo, bajo y batería, más el ocasional aporte de dos coristas. Britt maneja las riendas del grupo y abren con Take me to the river. Luego se despachan con un par de canciones del nuevo álbum pero, a mi criterio, a la primera parte del show le falta algo de fuerza. De todas maneras, el ensamble es perfecto y el pianista y el trompetista sobresalen en cada solo que hacen. Tras un intervalo en el que Delbert deja el escenario y la banda toca el clásico Tequila, regresa para cantar Fannie Mae, de Levon Helm; sus clásicos Give it up on your love y Every time I roll the dice; y una versión shuffle de She`s nineteen years old, de Muddy Waters. La segunda parte es mucho mejor que la primera y el público termina bailando entre las mesas.

Al día siguiente nos despertamos temprano y vamos hasta Hendersonville, a unas 20 millas al norte de Nashville, a rendirle homenaje a Johnny Cash. Nos cuesta encontrar su casa y damos vueltas en círculo hasta que finalmente, en una estación de servicio, nos dan las coordenadas correctas. A pocos metros de llegar nos topamos con unos vecinos de Cash con los que nos quedamos charlando un buen rato. Nos cuentan que la mansión, con vista al lago y en la que se filmó el video de Hurt, se incendió en 2007, cuatro años después de su muerte. La propiedad la había comprado Barry Gibb, de los Bee Gees, y se quemó accidentalmente cuando la estaban remodelando. Hoy hay solo escombros y una bruma de melancolía flotando en el aire. Luego vamos hasta el cementerio local y nos quedamos frente a su tumba, ubicada al lado de la del amor de su vida, June Carter. .

Otra vez a la ruta. Es el último tramo. Por la 40 vamos hacia el oeste y tres horas después llegamos a Memphis. Es la última noche. Pasamos por Stax y la casa donde vivió Memphis Slim, ahora reconvertida en una fundación educativa. Vamos a una disquería y terminamos en Beale Street. La popular calle está desierta se está jugando la final del Super Bowl. Igualmente tenemos nuestra última dosis de blues con los Blues Masters. Por la mañana, camino al aeropuerto, pasamos por la Universidad de Memphis y, gracias a un contacto que nos facilitó David Evans, dejamos el libro en la Biblioteca.

Después de ocho días y más de mil millas recorridas llegamos al final de nuestra aventura, una experiencia única que será imposible de olvidar.

domingo, 5 de febrero de 2017

Solamente blues


En la entrada de la Blues Foundation hay una estatua de Little Milton que reposa en un banco donde todos se sientan para sacarse una foto. Cruzando la puerta corrediza de vidrio se abre una gran recepción con una muestra de fotos a la derecha y un mostrador con souvienirs, discos y libros a la izquierda. Al fondo, está la escalera que desciende hasta el Hall of Fame, donde exhiben guitarras, ropas y otros objetos de colección de leyendas del blues como Lowell Fulson, Albert King, Albert Collins y muchos más.

La presentación de Bien al Sur... la hacemos ante un puñado de personas que se sientan de frente a nosotros mientras dos fotógrafos nos apuntan y disparan. El marco, por supuesto, nos obliga a hablar en inglés y, más allá de ciertas rusticidades gramaticales, lo hacemos dignamente. Entre los oyentes está David Evans, prestigioso etnomusicólogo que escribió libros fundamentales de la historia del blues, entre ellos la biografía de Tommy Johnson. Es un tipo sencillo, amable y muy respetuoso que jerarquiza el evento con su presencia. También está Mary Jane Hancock, enviada por el nieto de W.C. Handy, quien está casado con una cubana y se mostró interesado por nuestra obra ya que habla español. También nos acompaña el querido Santiago Monsalve Uribe, talentoso guitarrista colombiano que está en Memphis junto a su compadre Santiago García para participar del International Blues Challenge. Hablamos durante una hora, respondemos preguntas, vendemos algunos libros y nos vamos con la satisfacción de haber alcanzado una meta que hacía tan solo un año nos resultaba imposible.

Salimos de la Blues Foundation con Gabriel y An y, para despejarnos y procesar lo que acabamos de vivir, nos vamos a caminar por la orilla del mítico río Mississippi y luego contemplamos el Lorraine Motel, donde en 1968 fue asesinado Martin Luther King. Por la mañana, antes de la presentación, habíamos estado en el Peabody Hotel, histórico edificio donde, en las décadas del veinte y del treinta, decenas de bluseros realizaron míticas sesiones de grabación que hoy conforman parte del archivo musical más valioso del blues de preguerra.

Se hacen las seis de la tarde, ya es de noche y está lloviznando. La música en vivo convoca desde Beale Street. Todos los bares están absorbidos por el IBC y para poder ingresar hay que tener una cinta o llevar una credencial. En el Jerry Lee Lewis Bar está tocando Pistol Pete, un guitarrista efervescente de Chicago que hace sonar a su power trío con mucha intensidad. Salimos de allí y vamos al Club 152. La gran figura de Backpack Johnson, dueño de una voz imponente, que prácticamente no requiere amplificación, domina el escenario. Enfrente, en el Pig on Beale le hacemos el aguante a nuestros hermanos colombianos que concursan en la categoría “Blues dúo”. Santiago & Santiago tocan un tema propio, Travesía, un boogie y una de Durazno de Gala, Ya es la noche. Allí comemos unos sandwiches y unas papas fritas, -¿qué otra cosa podíamos comer?-, saludamos a nuestros amigos y volvemos a cruzar Beale Street.

El sonido de una guitarra que recuerda al gran Elmore James nos obliga a entrar al Blues Hall. El violero se llama Paul Venturi y es un bestia asesina. Lo acompaña Simone Scifoni, quien toca una pequeña batería sosteniendo los dos palillos con una mano y un teclado de tres octavas con la otra. La energía que destila la dupla es fabulosa. Interpretan temas propios y un boogie lisérgico de John Lee Hooker. La gente delira con su sonido crudo y visceral. Venturi levanta la guitarra y le da con los dientes. Pura entrega y pasión.

Volvemos al Club 152 donde la “promesa” del blues Christone Kingfish Ingram participa de una jam que encabeza Chase Walker, otro violero de la nueva generación. No hay dudas de que el gordo toca bien para la edad que tiene, pero lo hace muy fuerte y distorsionado. Tal vez, si en el futuro se calma, llegará a ser un gran guitarrista. La noche termina en el Rum Boogie Café donde la sensual Tikyra Khamiir Jackson, cantante de Southern Avenue, sacude al público con su fusión de blues, soul y R&B.

El jueves a la mañana amanece fresco y nublado y empezamos el día en Sun Records. Recorremos sus instalaciones mientras la guía, muy simpática ella, cuenta la historia del lugar, que resulta ser, en definitiva, la génesis del rock and roll. En un momento suena el master original de la primera grabación de Howlin’ Wolf y quedamos aturdidos por su intensidad. La visita termina en el estudio en el que Elvis grabó That’s alright mama y por el que pasaron decenas de leyendas como Ike Turner, Johnny Cash, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis, entre otros.

No hay tiempo que perder, el vuelo de An está por partir y la llevamos hasta el aeropuerto. Nos despedimos, nos deseamos buena suerte y con Gabriel sentimos la necesidad de volver al Mississippi. No hace falta alejarse mucho de Memphis para cruzar el límite del estado y llegar a Walls, Pero una vez aquí se nos hace difícil llegar hasta donde queremos ir. Tras varias vueltas en círculo, en medio del campo, finalmente tomamos un camino rural que nos lleva hasta la tumba de Memphis Minnie. Nos bajamos, sacamos unas fotos y enseguida volvemos al auto porque el frío es tan intenso que congela hasta nuestras mejores intenciones, Memphis, allá vamos.

Ya es de noche, damos una última pasada por Beale Street para buscar a nuestros amigos colombianos pero no los encontramos. Al que nos topamos en la calle es a Anson Funderburgh. Intercambiamos saludos y algunas palabras,pero como tiene más frío que nosotros sigue su camino arrastrado por su esposa. En el B.B. King’s escuchamos un par de temas de Asamu Johnson & The Associates of Blues, pero no nos impactan. Caminamos por Beale en busca del auto cuando oímos el inconfundible sonido de Paul Venturi y su guitarra. El escenario es otra vez el Blues Hall y el tano la rompe como el día anterior.

Veinte minutos después comemos un par de porciones de pizza parados en la calle, nos subimos al auto y encaramos, una vez, más hacia el estado de Mississippi. Tenemos poco más de una hora de viaje hasta Oxford, la ruta está muy oscura y por momentos parece que por aquí no hay nada más que nosotros y el blues.

Nos alojamos en un motel junto a la ruta y al día siguiente, tras un desayuno ligero, damos un par de vueltas por la ciudad en la que se crió el célebre escritor William Faulkner. De todos los sitios en los que estuvimos en Mississippi este es, por lejos, el que mejor preservado está. El casco antiguo parece el set de filmación de una película.

Al mediodía vamos a la Universidad de Mississippi, más conocida como Ole Miss, el motor de la ciudad. Estacionamos el auto junto al imponente edificio de la Biblioteca y nos dirigimos al tercer piso donde un cartel anuncia la charla que estamos a punto de dar sobre Bien al Sur. Nos recibe Greg Johnson, el curador del archivo de blues, y nos lleva a una imponente sala de conferencias. La exposición resulta más amena que la anterior. Primero porque el ámbito es más propicio y segundo porque nos sentimos más confiados. Y hasta podemos poner algunas canciones para que la gente entienda de lo que estamos hablando. Suena Little red rooster de Los Gatos Salvajes, Desconfío, Avellaneda blues y Black snake blues de Osvaldo Ferrer. Un profesor de la carrera de etnomusicología oriundo de Ghana nos plantea un debate muy interesante sobre la preservación y difusión de los orígenes del género, y contestamos algunas preguntas. Una hora después hemos concluido con la segunda presentación.

Greg Johnson nos invita a su oficina y nos muestra algunas piezas de colección invaluables: el certificado de defunción de Robert Johnson –en el que figura que murió de sífilis-, manuscritos de letras de Percy Mayfield y Tampa Red, el acetato original de Dust my broom de Elmore James, el 78 original del Crazy blues de Mamie Smith y el de Stop breaking down de Robert Johnson, y el contrato firmado por Sonny Boy Williamson con el sello Trumpet. Allí, donde se puede rastrear hasta el núcleo del la historia del blues, desde ahora reposa nuestro libro. Tarea cumplida.

jueves, 2 de febrero de 2017

Por el Delta del Mississippi


La calle Main, la principal que atraviesa el casco antiguo de Yazoo City, está desierta. Las fachadas de los edificios que todavía están habitables están pintadas de diferentes colores dándole un toque aún más pintoresco al lugar. Pero lo que más abundan son edificaciones y warehouses abandonados, testimonio de la crisis económica de 2008 que dejó secuelas profundas.

Son las 9 de la mañana cuando salimos a la ruta. Tomamos la 49 hacia el norte con destino a Indianola y, tras una breve parada en Belzoni, llegamos al pueblo en el que descansan los restos del gran B.B. King. Su tumba, ubicada detrás del moderno museo que rescata su vida y su obra, todavía está en construcción. Por los altoparlantes suena The thrill is gone y a unos cuantos metros está estacionado el micro oscuro con el que solía recorrer todo los Estados Unidos en su extensas y agotadoras giras. A un par de cuadras de allí, cruzando la vía, está el Ebony Club, otro de los juke joints más famosos de Mississippi. Claro que, por ser de día, está cerrado, pero desde sus recodos transmite el blues que acumuló durante décadas. Mientras contemplamos el lugar, un auto se detiene de golpe y dos hombres negros se bajan y, cuando el prejuicio nos gana y pensamos lo peor, nos piden que les saquemos una foto con el bar de fondo. “¿De dónde son?” pregunta uno de ellos. “De Argentina”, responde Gabriel. “Eyyy, Manu Ginóbili”, gritan y ríen mientras se suben de nuevo a su coche deportivo y se van. Y nosotros nos quedamos mirándonos sin entender bien qué fue lo que pasó.

Seguimos hacia el norte por la 49 y nos desviamos hacia el oeste unas ocho millas para llegar a Dockery Farms, donde según los historiadores nació el blues de la mano de Henry Sloan y su discípulo Charley Patton. El lugar está muy bien conservado y es emocionante recorrer el predio. Junto a un viejo granero de chapa, reconvertido en escenario para eventos especiales, está el cartel del blues trail y a su lado un botón rojo que dice: "Press the button for blues sampler". Lo pulso sin muchas expectativas y de repente la voz de Patton entonando Some summer day irrumpe desde varios parlantes ocultos. Quedamos en shock, nos miramos con An y Gabriel cómo tratando de buscar una respuesta que ninguno está en condiciones de dar. Patton canta para nosotros solos. Nunca tuvimos tanto blues. Todavía sacudidos por la experiencia volvemos al auto y avanzamos al noreste.

La 49 nos lleva a Drew, a la prisión Parchman y Tutwiler, donde la historia cuenta que W.C. Handy, en 1902, se topó por primera vez con el blues, al ver a un vagabundo rasgando las cuerdas de una precaria guitarra con un cuchillo mientras cantaba sobre un perro amarillo. Estuvimos junto a las vías del tren, cerramos los ojos y tratamos de imaginar cómo fue ese encuentro. Al cabo de unos minutos nos movemos en busca de la tumba de Sonny Boy Williamson. Al principio no la encontramos y una mujer se ofrece a guiarnos hasta el lugar con su camioneta. El legendario armoniquista, de renombre internacional, yace en un pequeño cementerio rural de difícil acceso. Junto a su lápida, visitantes anteriores dejaron una armónica, un kazoo, unas púas y unas pocas monedas,

Pasadas las tres de la tarde, llegamos a Clarksdale, la meca del blues de Mississippi. Almorzamos unos sanguches que chorrean grasa en Abe´s, junto al monumento de Crossroads, y luego vamos hasta Hopson plantation para pasearnos entre algodonales y cabañas vintage. Después damos una vueltas por la ciudad y contemplamos lugares emblemáticos como Red's, The New Roxy, Hambone y Riverside Hotel, hasta que nos metemos en Cat Head, el local de Roger Stolle en el que vende libros, discos, entre otras cosas alusivas a la historia del blues.

El Delta Blues Museum está cerrado pero es posible ver la figura inmaculada de Muddy Waters detrás de un ventanal en el que se reflejan las luces parpadeantes del Ground Zero, el imponente juke joint de Morgan Freeman, que está a unos pocos metros. Teníamos pensado regresar a Memphis antes del anochecer pero el blues nos lleva al Red's para a ver a Lucious Spiller. Solo con su guitarra interpreta Red house, Little red rooster, I'll play the blues for you y, a pedido nuestro un par de Magic Sam: That's all I need y You belong to me. Se hizo tan tarde que la hora y media de regreso a Memphis parece el doble. Paramos por unos sanguches en una estación de servicio de Tunica porque a esta hora es imposible pretender una buena cena y porque la verdad en este momento es lo que menos importa.

martes, 31 de enero de 2017

Blues en movimiento


Estamos en el aeropuerto de Memphis a punto de encontrarnos y por los altoparlantes suena Howlin' Wolf y después Ike Turner. Una o dos canciones de Elvis y Johnny Cash. Pero el neón de la ciudad quedará para más adelante porque hoy la brújula marca rumbo sur. Subimos al Kia Rio gris metalizado y damos vueltas en círculos unos minutos hasta que el GPS se digna a marcarnos la orientación correcta.

Casi sin darnos cuenta abandonamos el estado de Tennessee y ya estamos en Mississippi. La primera parada es Hernando, la zona de influencia de la familia Dickinson, donde los North Mississippi Allstars crearon ese boogie sinuoso e hipnótico. La plaza principal, el City Hall, el tanque de agua, que la banda retrató en la portada de uno de sus discos, y varias casas de antigüedades conforman el paisaje urbano de esta puerta de entrada a la tierra del blues.

Tras intentar sin éxito una ruta alternativa, con Gabriel Grätzer y An Díaz seguimos rumbo sur por la 55 hasta Como. Allí atravesamos una calle con un boulevard en el medio que nos lleva hasta los blues markers de Otha Turner y Mississippi Fred McDowell. A su alrededor están las construcciones recicladas del siglo XIX. En la calle hay tantas personas como papeles tirados en el piso: cero.


Es la hora de almorzar y entramos a un bar-pool que está junto a una estación de servicio. Allí hay tres campesinos y dos mujeres bebiendo la undécima cerveza del día y fumando un cigarrillo tras otro. Avanzamos entre el humo espeso y envolvente y sus miradas inquisitivas nos acorralan. No hace falta que estén sobrios para darse cuenta que somos forasteros. Pero la tensión dura apenas unos segundos y entonces comienzan las preguntas. Se sorprenden con que tres argentinos estén recorriendo la ruta del blues. Alguno cuenta una anécdota. Los otros ríen. Nos hablan y nos hablan. Y nosotros les entendemos poco, pero nos damos cuenta que rompimos con su monotonía de una cerveza tras otra. Ellos son todos blancos y el único negro es el que atiende detrás del mostrador. Pedimos un philly sandwich, una hamburguesa y pescado frito. El tiempo que tarda en prepararlo es el tiempo en que nos arrepentimos de haber elegido este lugar. Pero es apenas un prejuicio porque la comida es grandiosa. Satisfechos y con el tanque lleno nos despedimos de nuestros amigos y vamos hasta el cementerio local para visitar la tumba de Fred McDowell. Y así dejamos Como.

La 55 nos lleva de nuevo hacia el sur, luego tomamos la 49 y atravesamos Greenwood. Se hace de noche en plena ruta y el GPS no parece del todo confiable. Tras un par de pasos en falso, en los que nos topamos con caminos sin salida en plena oscuridad, llegamos finalmente a Bentonia. Son las 19.15, afuera está agradablemente fresco y la luz tenue de la luna baña el frente del Blue Front Cafe.

Abro la puerta doble de la entrada, y lo único que se oye es el sonido de una televisión. El legendario Jimmy “Duck” Holmes está junto a la barra. Nos presentamos, pedimos unas cervezas, nuestras cervezas, y nos sirve unas Bud Light. El salón es cuadrado y rústico. En las paredes cuelgan guitarras y afiches de viejos festivales. Hay algunas fotos y cartelería variada. Las sillas de metal están desvencijadas y hay otras de plástico a las que no les sobra nada. El piso de cemento alisado es frío y la estufa de tiro balanceado, que está ubicada frente a la barra, despide un calor confortable.

Jimmy se sienta con nosotros. Lleva un cuchillo en el bolsillo, probablemente una vieja costumbre defensiva. No tarda en agarrar la guitarra y ponerse a tocar algunos temas propios y otros del repertorio de Skip James, como Hard times y Devil got my woman. La luz mortecina cae sobre él suavemente en el rincón que usa como escenario. Y toca Rock me baby y Big road blues. Le pasa la guitarra a Gabriel, le habla de la afinación abierta y le explica las sutiles diferencias entre las formas de tocar de Tommy Johnson y Jimmie Rodgers Pasa una hora y seguimos en el juke joint más antiguo del Mississippi con una verdadera leyenda y nadie más cruza la puerta. Somos nosotros tres y Jimmy “Duck” Holmes en un lugar que quedó congelado en el tiempo. Aquí se vive blues, se siente blues, se respira blues. La noche golpea con todo su rigor y obliga a la despedida. Jimmy dice adiós y vuelve a encender el televisor mientras nosotros seguimos nuestro blues en movimiento hacia Yazoo City.