sábado, 24 de junio de 2017

Una búsqueda interior



John Mayer parece haber dejado atrás sus días de Laurel Canyon, reflejados en los discos Born and raised (2012) y Paradise Valley (2013) y en los conciertos junto a Dead & Company, la banda satélite de Grateful Dead. Ahora, el cantautor regresa con un álbum pleno, cargado de R&B, soul y baladas, con letras sofisticadas y hermosas melodías, una especie de regreso al sonido de Continuum (2006) en medio de una búsqueda interior.

Funky por momentos, también suave y reflexivo, su voz brilla con nitidez en canciones que se amalgaman con facilidad. El comienzo tiene un feeling muy R&B: Still feel like your man es una delicada pieza melódica con un estribillo pensado para resaltar en las frecuencias moduladas. Emoji of a wave es una sedosa balada romántica, irresistible y conmovedora. En Helpless –sin relación con el tema de Neil Young- se destacan las guitarras eléctricas por encima de una base con mucho groove.

Love on the weekend es una invitación a subirse a un auto, con el volumen del estéreo al mango, y tomar la ruta hacia algún paraje lejano. In the blood es un tema que carga con una cierta autocrítica y un cuestionamiento existencial: “Qué hay con este sentimiento de que nunca soy lo suficientemente bueno / ¿Se lavará con agua? / O estará siempre en mi sangre”. Changing es una majestuosa balada en la que reflexiona sobre el paso del tiempo y lanza los solos de guitarra más intensos y efectivos de todo el disco.

Theme from ‘The search for everything’ es un intervalo instrumental donde nos deleitan guitarras acústicas y un soberbio acompañamiento de cuerdas y percusión. Moving on and getting over es una pieza souleada extraordinaria donde todo fluye con un ritmo irresistible. Never on the day you leave es otra hermosa balada, liderada por el piano de James Fauntleroy, donde Mayer fantasea con la idea de irse, atormentado por la decisión de tener que quedarse. Rosie tiene un roce de blue-eyed soul, al mejor estilo Hall & Oates, en donde unos delicados punteos acompañan la melodía con eficacia, mientras una sección de vientos envuelve el contorno sonoro. Roll on home, por el contrario, es el único tema de raíz más country-folk, que podría ser el nexo entre los dos discos anteriores y este. The search for everything cierra con You’re gonna live forever in me, otra tenue balada, agradable y armoniosa.

John Mayer muchas veces resulta impredecible y de tanto en tanto, cuando le gana el personaje mediático, insufrible. Pero es un gran compositor y un intérprete extraordinario, un músico que sabe apreciar lo mejor de la música de raíces para crear canciones originales. Definitivamente, John Mayer es una de las voces más originales de esta generación.




sábado, 17 de junio de 2017

Nada nuevo por aquí


No hay nada nuevo aquí. Eso puede leerse de dos maneras. La positiva es que por ser su disco póstumo, el prócer del rock and roll no traicionó su historia y no intentó dar un giro de último momento para tratar de relanzar su carrera en el ocaso de su vida. La negativa, de alguna manera, es que el disco no aporta mucho. Los temas clásicos de Chuck Berry, los de la década del cincuenta, seguirán siendo los que todos recordaremos.

Berry no editaba un disco con canciones nuevas desde 1979 por lo que llama la atención que se haya decidido a terminarlo cuando estaba por cumplir 90 años y con su salud resquebrajada. Conociendo los antecedentes de su familia, que durante los últimos años de su vida lo paseó por el mundo dando recitales lastimosos, da para pensar que todo fue un plan premeditado para tener listo un disco y sacarlo cuando él muriera para recaudar algunos dólares más en su nombre. La versión de los Berry es que el álbum, lo venían trabajando desde hacía bastante tiempo, alrededor de 2001, incluso algunas de las composiciones son de la década del ochenta.

Más allá de esas sospechas, Chuck es un trabajo relativamente digno. Comienza con Wonderful woman, una readaptación de su clásico Little Queenie, dedicado a su mujer durante 48 años, Themetta, aquí con los solos de guitarra de Gary Clark Jr., uno de los dos invitados fuertes que tiene el álbum, y la armónica errática de su hija Ingrid Berry. Tom Morello (Rage Against The Machine y Audislave) aparece con unos riffs mortales en Big boys, una aproximación contemporánea a Roll over Beethoven. En ambos casos, los guitarristas compensan la falta de originalidad de las composiciones con talento.

You got to my head es una balada blusera con el piano de Robert Lohr como protagonista mientras que Ingrid canta a dúo con su padre. El siguiente tema, 3/4 Time (Enchiladas), un tema bastante poco conocido de Tony Joe White, que aquí los Berry convierten en un patético vals mexicano grabado en vivo con el murmullo del público de fondo. En Darling, otra vez con Ingrid en voz y el piano de Lohr, Chuck canta: "Hija, tu padre se está volviendo viejo. El tiempo pasa...".

Promediando el álbum aparece su secuela de Johnnie B. Goode, aquí llamada Lady B. Goode, ¿Qué podemos decir? Que es obvia y poco original. Sigue con She stills love you, tal vez el tema más novedoso de todo el repertorio. Jamaica moon, su reconversión de Havana moon, suena aburrida y con poco feeling. Y aquí es donde se percibe con mayor fidelidad que la sección rítmica -Jim Marsala (bajo) y Keith Robinson (batería)- no contribuye a mejorar el pulso de los temas. La banda la completan los guitarristas Charles Berry Jr. y Charles Berry III, su hijo y su nieto respectivamente, cuyo mayor atributo es la portación de apellido. Chuck se va con Dutchman, una canción-poema realmente muy buena, desde ya su mejor composición del álbum, y Eyes of man, un blues de medio tiempo bastante aceptable.

Ahora sí, ya salió el disco, venderá miles de copias, tendrá muchas más descargas... pero dentro de un tiempo nadie lo recordará. Esperemos que su familia tenga la dignidad de dejar descansar en paz al viejo Chucky y que lo que siga sonando sean sus grandes éxitos de los cincuenta, los insuperables, los que lo convirtieron en leyenda.

jueves, 8 de junio de 2017

Estamos bien los 138


Son 138. Pero podrían ser 271 o 327. Seguro que Ernesto Catrillón y Sergio Coscia escucharon muchos más. Por eso ellos, que se conocieron en una disquería, uno como cliente y el otro como vendedor, tuvieron la genial idea de recopilar álbumes que fueron olvidados, malditos y despreciados por la crítica en su momento, que ahora, con el paso del tiempo, cobran un nuevo valor. Los volvieron a escuchar y escribieron sobre ellos.

Pocas cosas son tan placenteras como escuchar música o leer un libro. Y lo bueno de Los 138 discos que nadie te recomendó es que te permite hacer las dos cosas a la vez. Y la tecnología de hoy ayuda. Muchos de esos álbumes están descatalogados o son muy difíciles de conseguir. Pero están por ahí, dando vueltas en el infinito de Internet. El que sabe buscar los encuentra. Obviamente no es lo mismo que escuchar el vinilo, eso es obvio, pero al menos uno puede calmar su curiosidad enseguida y con un sonido aceptable.

Peter Green
Ernesto Castrillón fue mi profesor de Historia en el colegio secundario. Sus clases eran las más entretenidas de todas. En sus ratos libres profesaba, como un pastor apasionado, su biblia musical: los Beatles, los Kinks, Cream, Fleetwood Mac y todo el rock de los sesentas. Pero más allá de sus gustos lo que transmitió fue el amor por la música. El libro revela a ese personaje que nosotros conocimos hace más de 25 años. Cada una de sus reseñas, que abundan más en la primera parte, está escrita con la misma pasión y entusiasmo con la que nos hablaba en el colegio.

El libro me hizo volver a escuchar con muchas ganas Future Blues, de Canned Heat; Super Session, de Al Kopper, Michael Bloomfield y Stephen Stills; Band of Gypsis, de Hendrix; y Love is de los Animals. También descubrí una versión alucinante de Can´t find my home que Gilberto Gil grabó a comienzos de los setenta durante su exilio en Inglaterra, y que en 1969 Capitol Records editó aquí en la Argentina un LP de Lou Rawls. Entre los 138 discos hay varios de producción nacional, con una clara preferencia por el legado musical del Flaco Spinetta. Almendra II, para los autores, es un clásico disco a "los que el tiempo le dio la razón". Y Spinettalandia y sus amigos es un "disco maldito". Otros álbumes que destacan son el debut de Aquelarre; El León, de Manal; y Seremos amigos, de Los Gatos.

También pasan por estas páginas discos más conocidos como Ram de Paul McCartney y el volumen 1 de los Traveling Wilburys u otros que difícilmente escuchemos mientras vivamos como el de calypso de Robert Mitchum. Y ese es otro aspecto que caracteriza a la obra y a los autores: la diversidad de estilos y sonidos. The Youngbloods, Smith, Procol Harum, Roxy Music, Ian Hunter, Joni Mitchell, Curtis Mayfield le dan color a un libro cargado de información y datos: un verdadero jukebox con tapa blanda.

Como los 33 mineros chilenos, estos 138 discos fueron rescatados por Castrillón y Coscia de las profundidades del olvido y, más allá del gusto de cada uno, todos estos álbumes tienen todavía mucho que ofrecer.

martes, 30 de mayo de 2017

Soy leyenda


The Allman Brothers fue la banda de rock más importante y trascendental que diera los Estados Unidos a fines de los sesenta. Los hermanos Duane y Gregg Allman recolectaron todos los sonidos que tenían a su alrededor -blues, rock and roll, soul, jazz y country- y crearon un nuevo género musical, el southern rock, con verdaderos himnos que marcaron a toda una generación. La temprana muerte de Duane, en 1971, no terminó con el grupo sino que lo reconvirtió. Con el correr de los años, atravesaron distintos momentos, algunos para nada buenos, pero con el nuevo milenio lograron posicionarse como una banda de culto y nunca más se bajaron de ese pedestal. La muerte de Gregg Allman, uno de los mejores y más expresivos cantantes contemporáneos, resulta una pérdida irreparable para la música.

Aquí sugiero cinco formas distintas de abordar su música y su tremenda historia:

1) Allman Brothers en vivo

At Fillmore East (1971).
"En todo este tiempo jamás escuché nada igual al tipo de música que ellos tocan (...) son los mejores de todos: los Allman Brothers". Así los presentó Bill Graham en el último show que dieron en el Fillmore East, en junio de 1971, como parte de las tres noches de despedida del mítico palacio del rock de Manhattan. Pocos meses antes, en marzo, habían realizado dos shows que fueron grabados y luego editados en el que, tal vez, sea el mejor disco en vivo de la historia del rock: At Fillmore East. La banda estaba en su plenitud creativa e interpretativa, con un Duane Allman inspiradísimo y con Gregg en notable forma. La energía que volcaron en escena fue sorprendente y las canciones que tocaron representan lo mejor y más clásico de su repertorio. Por momentos hay largos solos con una impronta jazzera, que alternan entre Duane y Dickey Betts, mucho feeling blusero y la gran voz de Gregg redondeando una presentación superlativa. Si bien es el mejor disco de todos, hay muchos otros más en vivo de la banda -claro que ya sin Duane- que también aportan diferentes matices y una escucha placentera, como por ejemplo: Wipe the windows, check the oil, dollar gas (editado en 1976 cuando el grupo se había separado); An Evening with the Allman Brothers Band I y II (grabados en 1992 y 1994, respectivamente); One way out: Live at the Beacon Theatre (lanzado en 2004); así como decenas de álbumes piratas más, algunos de los cuales luego fueron editados oficialmente. El último show lo dieron precisamente en el Beacon el 28 de octubre de 2014, el mismo teatro que los vio en los últimos años consolidarse como la mejor banda en vivo. Podían tocar la misma canción una y otra vez pero nunca iba a sonar igual. Cada interpretación tenía su propio pulso y distintos matices fruto de la improvisación de los solos. Es por eso que la experiencia sonora de los Allman Brothes en directo es inigualable.

2) Allman Brothers en estudio

Hittin' the note (2003).
El primer LP lo grabaron en 1969 y el último en 2003. Un período de 34 años muy rico, pero que también tuvo sus bemoles. La formación original, con Duane en guitarra, editó dos discos: el homónimo de 1969 e Idlewild South de 1970, obras fundamentales que definieron el sonido de la banda y del rock sureño en general. El tercer álbum de estudio, Eat a peach, otra obra maestra, fue completado tras la muerte de Duane pero por suerte todavía aparece en algunos temas. En el 73, tras la muerte del bajista Berry Oakley, ya con nuevos miembros en la banda como Chuck Leavell y Lamar Williams, y una participación más protagónica de Dickey Betts, los Allman se consolidaron con el excelente Brothers and sisters, que incluyó éxitos como Ramblin' man, Jessica y Southbound. Tras ese súper éxito, a mediados de los setenta, el grupo colisionó por el abuso de drogas y el duelo de egos. A eso se sumó que Gregg quedó contra la espada y la pared y tuvo que declarar como testigo en un juicio por drogas contra un empleado de la banda y el resto de los músicos no se lo perdonó. Fue el primer final de los Allman Brothers. Por suerte -para la música en general- Gregg superó sus adicciones, reencaminó su vida personal y la banda volvió al ruedo en 1978. Un año después editaron el poderosísimo Enlightened rogues, producido por el tipo que mejor los entendió siempre: Tom Dowd. Era el regreso esperado, pero los nuevos tiempos, con el auge de la música disco, la vorágine y la quiebra de Capricorn Records, llevó a los Allman a un proceso reconversión. La década del ochenta pasó sin pena ni gloria, con dos discos apenas discretos editados por Arista Records. Pero en 1989, PolyGram reeditó todo el catálogo de Capricron y la banda volvió al ruedo, ahora con Warren Haynes en guitarra junto a Dickey Betts. Fruto de esta nueva formación nacieron dos discos excelentes, Seven turns (1990) y Shades of two worlds (1991), y un tercero bastante bueno, Where it all begins (1994). El comienzo del nuevo milenio encontró a los Allman sufriendo otro cimbronazo, la muerte del bajista Allen Woody, a lo que se le sumó el alejamiento de Dickey Betts. Pero cuando muchos pensaban que ya no habría más Allman Brothers, como el Ave Fénix, resurgieron con Warren Haynes y el tremendo Dereck Trucks en guitarras, Oteil Burbridge en bajo, los bateristas de siempre Butch Trucks y Jaimoe, más Mark Quinones en percusión ,y con la soltura y la magia de su cantante, tecladista y compositor, el gran Gregg Allman. Habría un disco más, probablemente uno de los mejores de la historia del grupo, el infaltable en toda colección, Hittin' the note (2003).

3) Gregg Allman solista

Playin' up a storm (1977).
La carrera solista de Gregg Allman tuvo, como la de la banda, sus buenos y malos momentos. Empezó en paralelo con el lanzamiento de Brothers and sisters, con el dolor a cuestas por las muertes de su hermano y de Oakley. Su primer álbum, Laid back (1973), estaba orientado a una fusión de southern soul, gospel y blues, que al año siguiente tuvo su correlato en vivo con la edición de The Gregg Allman Tour. Curiosamente, en su época más agitada, mediados de los setenta, lanzó un disco extraordinario, Playin' up a storm, en el que logró combinar un sonido con ribetes pop, rock y blues, con Dr. John y Bill Payne como invitados. Pasaron casi diez años y en 1986, época errática de los Allman Brothers, Gregg lanzó I'm no angel, otro álbum exquisito que lo reubicó en el lugar que le correspondía. El éxito de ese trabajo lo llevó, casi por inercia, a sacar un nuevo disco al año siguiente: Just before the bullets fly. En los noventa, la actividad con la banda fue importante y en solitario editó apenas el correcto Searching for simplicity, con el que preanunció un retorno al blues, algo que concretó varios años más tarde con Low down country blues, un disco casi enteramente dedicado al género que produjo T-Bone Burnett. Una verdadera joya que no tiene desperdicio alguno. Y ahora, lamentablemente, también podemos señalar el último: su regreso a Macon, Georgia, de 2015, un álbum en vivo en el que el gran maestro desplegó todo su repertorio más clásico con una interpretación vocal majestuosa

4) Vida personal

Gregg Allman y Cher.
Los setenta, fueron años muy turbulentos para Gregg Allman. En plena separación de los Allman Brothers el músico saltó a la tapa de los tabloides por su matrimonio con la cantante Cher. Fue una pareja extraña para la gente común, pero no para los parámetros de Hollywood. Se conocieron en 1975, apenas meses después de que ella se separara de Sonny Bono. Fue un matrimonio corto y tumultuoso. Se divorciaron. Se volvieron a juntar. Gregg estaba muy enganchado con el alcohol y la heroína y la pareja se desmoronó una y otra vez. En ese breve período, grabaron un disco juntos, Allman & Woman, que la crítica destrozó, y tuvieron un hijo, Elijah Blue. Antes y después de Cher, su vida sentimental se caracterizó por la fragilidad de sus relaciones. Además del hijo que tuvo con ella, tuvo otros cuatro con cuatro mujeres distintas. Uno de ellos, Devon, nacido en 1972, es un excelente guitarrista y cantante con una trayectoria que incluye las bandas Honeytribe, Royal Southern Brotherhood y una selecta discografía solista.

5) Bonus

El personaje que encarnó en Rush.
La música de los Allman Brothers, especialmente temas como Midnight rider y Whipping post aparecieron en decenas de bandas de sonido. Pero una vez Gregg mostró sus dotes actorales. Fue en la película Rush (traducida como Hasta el Límite). El film, cuyo soundtrack fue compuesto por Eric Clapton, contó con las actuaciones de Jason Patric, Jennifer Jason Leigh y Sam Elliott. Era un policial bastante negro en el que una pareja de policías (Patric y Jason Leigh) se infiltra en una banda narco comandada por Gaines, el personaje que interpretó Allman. La directora Lili Fini Zanuck contó en su momento que eligió al cantante para ese personaje "porque quería que su historia se refleje en su rostro".




Crónica del show que dieron en el Beacon Theatre de NY el 26 de marzo de 2011.

martes, 23 de mayo de 2017

Tuvimos tanto blues


Tal vez sea la reunión blusera del año. Pero, paradójicamente, es probable que el disco no deje conforme a los bluseros. TajMo está alejado de ese blues crudo, rasposo, que vibra al calor del juke joint y es demasiado prolijo. Hay una sobreabundancia de producción como en los últimos discos de Buddy Guy. La pregunta que surge entonces: ¿Eso es malo?

Taj Mahal y Keb' Mo' son, sin dudas, dos de los artistas más importantes y representativos del género por estos días. Aunque son de generaciones distintas, ambos están amparados por una extensa trayectoria y gran talento. Esta reunión, más allá de ser prometedora desde lo musical, viene con toda la parafernalia de la industria discográfica. Por un lado está bueno porque le da visibilidad al blues, lo expone a una audiencia más amplia, algo que siempre intentamos rescatar. Pero por el otro abusa de recursos que lo alejan del género y lo desnaturaliza.

¿TajMo es un disco de blues? Sí, lo es, pese a que muchas de las canciones no lo son. El álbum está pensado para ganar premios, para que los artistas se exhiban en los programas más vistos de la tevé estadounidense y para que suenen en todas las radios. No por nada uno de los covers es Waiting on the world to change, que lleva la firma de John Mayer. La versión que hace el dúo es muy buena, con mucho feeling, y un exqusito aporte en coros de Bonnie Raitt, pero que seguramente va a fastidiar a más de uno. El otro cover es Squeeze box, de The Who, que aquí lo transforman en un zydeco festivo que no honra a la versión original.

Entre lo mejor del disco está el primer tema, Don't leave me here, una oda al Delta del Mississippi con ritmo funky, buenos caños, la armónica serpenteante de Billy Branch y solos de viola cortos pero efectivos. She knows how to rock me es la canción más acorde a la historia de los protagonistas, tiene algo del Fishing blues de Taj Mahal o el Tell everybody I know del disco debut de Keb' Mo'. Shake me in your arms sobresale por sus armonías vocales y los solos de guitarra de Joe Walsh. Diving duck blues, de Sleepy John Estes, es el tema más tradicional de todos: Taj Mahal toca la guitarra acústica y Keb' Mo' una resonadora mientras se reparten las estrofas. Por último podríamos agregar aquí la souleada That's who I am, en la que se destaca un exquisito slide y solos de mandolina de Colin Linden.

En el otro extremo del álbum está Om sweet om, un R&B tan tierno que, si no fuera por una cuestión temporal, podría ser uno de los temas más escuchados de FM Horizonte. Ni la armónica melodiosa de Lee Oskar lo salva. All around the world es una canción alegre que podría funcionar bien en Playing for change, por ejemplo, pero aquí choca contra los mejores blues que interpretan. En el extremo inferior de las consideraciones, por no decir el peor de los temas, está Soul, con ribetes de pop africano, percusión de música ligera y cierto toque cubano que no sería tan malo si tuviera alguna reminiscencia de Buena Vista Social Club... pero no, no la tiene.

En definitiva, se pueden rescatar algunas canciones pero el disco está lejos de los grandes trabajos de Taj Mahal -Taj Mahal (1968), The Natch'l blues (1969), o el más reciente Señor blues (1997)- y del gran debut discográfico de Keb' Mo' de 1994. Seguramente se venderá bien, ganará algún premio y dentro de un año, cuando pierda su status de novedad, se acumulará en la pila de discos olvidables.


viernes, 12 de mayo de 2017

Haciendo historia


Se llamó Paul Butterfield Blues Band. Pero bien pudo haberse llamado Bloomfield Butterfield Blues Band o Mike Bloomfield Blues Band. Ambos generaban una energía especial arriba del escenario y en el estudio. Los dos primeros discos de la banda, en los que estuvieron juntos, son una prueba de ello. Ya en el tercero, The Resurrection of Pigboy Crabshaw, sin el guitarrista y la sección rítmica original, el grupo empezó a perder el rumbo. Entre los cambios en la formación, malas decisiones artísticas y peores resultados comerciales la banda terminó disolviéndose. Bloomfield y Butterfield siguieron caminos paralelos, trazados con la misma pluma. Desde entonces, sus carreras musicales fueron tan erráticas como sus vidas. Atravesaron períodos de desconcierto y de drogas y alcohol en exceso. Se perdieron y no pudieron volver. Bloomfield murió el 15 de febrero de 1981 y Butterfield el 4 de mayo de 1987. Tenían 37 y 45 años. La causa de muerte en ambos casos: sobredosis.

Con ellos, la banda tuvo su momento de esplendor, un período muy corto, entre 1965 y 1966, hasta que Bloomfield se fue para formar Electric Flag, grupo con el que debutó en el Monterey Pop Festival. En ese lapso de dos años, la Paul Butterfield Blues Band editó el disco homónimo y el mítico East-West, dos obras fundamentales que definieron el sonido del denominado blues blanco. En esos álbumes se percibe un estilo cultivado en Chicago -apuntalado por la sección rítmica de Howlin Wolf: Jerome Arnold y Sam Lay-, en el primero, y con muchos más retazos jazzeros y cierto despunte psicodélico en el segundo, ya con Billy Davenport en batería. La formación la completaban Elvin Bishop en segunda guitarra y Mark Naftalin en teclados.

Algunos dirán que era una banda rock. Sí, pero tocaban un blues tan profundo e intenso que clasificarlos en otro género para desacreditarlos o menospreciarlos resulta insignificante. Fueron pioneros, transformadores y muy respetuosos de sus maestros.

Hay un tercer disco muy bueno del grupo con Butterfield y Bloomfield juntos. The Original Lost Elektra Sessions corresponde a grabaciones de 1964, previas al primer disco, pero recién fue editado 30 años después. Uno de esos hallazgos que nunca dejan de sorprendernos. También quedaron registrados en el álbum East-West Live, tres versiones distintas del mismo tema tocado en vivo. Y eso era prácticamente todo entre Bloomfield y Butterfield... hasta ahora.

Got a mind to give up living - Live 1966 era un pirata difícil de conseguir hasta que fue editado hace poco por Elektra Records y salió de la clandestinidad. El álbum, que captura al grupo en el auge de la simbiosis entre el guitarrista y el armoniquista, fue grabado en el Unicorn Coffee House de Boston en algún momento del mes de mayo de ese año -aunque nadie recuerda qué día exactamente-, poco antes de entrar al estudio para las sesiones de East-West. Hay una crudeza conmovedora en todo el álbum, que por momentos da paso a una incipiente psicodelia. Son, en su mayoría, temas del primer disco -Born in Chicago, Got my mojo working, Look over yonders wall- y otros que estaban preparando para el segundo, tocados con despecho y mucho ácido lisérgico. En la canción East-West, Bloomfield y Naftalin entran en otra dimensión, transmutan, con solos serpenteantes y estroboscópicos, mientras Butterfield parece intentar delimitarles el terreno de la improvisación con una recia armónica blusera.

Todo el disco está atravesado por esa resonancia sesentosa. Como una metáfora de la época y del "Este-Oeste", mientras ellos tocaban su blues crudo y visceral en Boston, en la otra costa costa, en la ciudad de Los Ángeles, Brian Wilson y los Beach Boys grababan Pet Sounds, uno de los LP´s revolucionarios de esa década. En buena medida, el rock estadounidense comenzaba a revalorizarse tras el éxito de las invasiones inglesas.

Bloomfield tuvo grandes hitos musicales. Highwat 61 Revisted de Bob Dylan fue sin dudas el más importante de ellos. Pero también dejó sus grabaciones con Electric Flag, Sleepy John Estes y Yank Rachel, Stephen Stills y Al Kooper, y Nick Gravenites. Paul Butterfield grabó con John Mayall y dos discos con Muddy Waters, más allá de seguir intentando como solista. Pero esos dos años juntos fueron trascendentales para el futuro del rock. Los pibitos blancos de Chicago abrían la puertas de la percepción del rock.



viernes, 5 de mayo de 2017

Blues bonaerense

Mr.Lucky - Turnaround. Para Charly Vita los temas que interpreta con Mr. Lucky son versiones y no covers. "El cover es cuando uno toca una canción calcada de la original, la versión es cuando le pones tu propia impronta respetando los parámetros originales de la composición". Mr. Lucky es una banda de zona oeste, con epicentro en Ramos Mejía, que lleva casi 20 años en escena, aunque en todo ese tiempo sufrió varios cambios en su formación. El guitarrista Charly Vita es el fundador -y miembro más antiguo- y nombró así al grupo por su admiración hacia John Lee Hooker. Turnaround, segundo disco de la banda, fue editado a fines del año pasado y cuenta con una selección de nueve versiones de clásicos del blues como Walking by myself, Evil, Boom boom, Born under a bad sign y Whisky and woman. Vita es muy expresivo con su guitarra pero el grupo no gira en torno a su figura como solista. Edgardo Casalonga se encarga de las teclas y lo hace con mucha prestancia, especialmente en temas como Mary Ann y Mess around, mientras que Claudio Mesa y Hernán Orellano marcan el ritmo con soltura y buen tempo. David Thomas, hijo de argentinos nacido y criado en Nueva York, aporta desde la voz desenvoltura y mucho feeling que eleva el sonido de la banda. El cantante tiene un registro interesante y muy buena pronunciación, y por momentos suena como uno de los vocalistas de blues inglés de mediados de los sesenta. Turnaround es la carta de presentación de un grupo que, como pocos, hace culto del blues tradicional.

Maldita Blues Band - Destilando blues. "Que no hace falta ser un negro para un blues tocar". La frase, que despierta amores y odios, es parte del estribillo del tema de De regreso de Chicago. Y para los muchachos de Maldita Blues Band es todo un principio. La banda platense se la juega con un disco de composiciones propias, todas cantadas en español, a las que suma el instrumental Deal with it, de los Four Jacks, una de las bandas que integró Anson Funderburgh, y su reinterpretación en nuestro idioma de Lonely man, tema que Magic Slim grabó en su disco Midnight blues. El sonido del grupo explora las distintas capas del blues moderno: de Chicago a Texas, con muchos caños o con la guitarra bien al frente, slow blues o shuffle. El baterista Diego Esteves es quien más canciones compuso: Calavera, El perfume en tu piel, Recuerdos, Nunca te olvidaré y Maldito blues club, el último junto al cantante Juan José Ricco. Pero también escribieron sus temas el guitarrista Marcelo Belarra y el propio Ricco, más el aporte de Gastón Castro. Eso hace que el repertorio tenga variaciones estilísticas pero en el todo del álbum no pierden identidad sino que se amalgaman. Por eso Destilando blues es un lindo trabajo para los que disfrutan del blues sin subtítulos. La banda, que debe su nombre al Maldito blues club, es la máxima expresión del sonido blusero de la ciudad de las Diagonales.

martes, 25 de abril de 2017

Sociedad musical


El blues y su historia. Armónica y guitarra. Guitarra y armónica. Empatía entre dos músicos, sonido profundo. Blues, blues blues... Sonny Terry y Brownie McGhee, Buddy Guy y Junior Wells, Cephas y Wiggins, Anson Funderburgh y Sam Myers. Fueron todas sociedades musicales que trascendieron a su época. También hay otras que trascienden a su tierra, tienden lazos y abren puertas pese a las barreras idiomáticas. Mucho de eso hay en la relación entre Botafogo y Bruce Ewan. Se conocieron en los noventa y desde entonces tocaron infinidad de veces, aquí en la Argentina como en Estados Unidos, y hasta grabaron un disco juntos.

El sábado se reencontraron en el escenario de La Trastienda. No voy a hacer una reseña del show porque apenas pude ver 40 minutos antes de irme para la radio, pero ese tiempo sobró para darme cuenta que la sinergia entre ambos artistas está intacta. La intensidad de la guitarra eléctrica de Bota combinada con la sonoridad orgánica de la armónica de Ewan fluyeron como el viento costero. Have a good time, de Walter Horton, fue un momento esencial, la expresión suprema del blues de Chicago, en medio de un homenaje a Billy Boy Arnold y dos versiones fantásticas de Nine below zero y Walking thru the park.

Con Pappo's Leavin' Town, del último disco de Ewan, Bluesero (sí, así con "e" porque nadie va a imponer como escribirlo), la energía del Carpo se hizo presente. Un gringo le escribió una canción y vino a tocarla con su discípulo a Buenos Aires. Cómo no iba a pintar el espíritu de Pappo en ese momento. La banda también se vio enrollada en el trance de Ewan y Bota. María Belén Medina hizo unos solos elevados y aguantó con gran pulso el duelo que le planteó el armoniquista. Aldana Aguirre y Giulliana Merello volcaron un groove sensual desde una tajante base rítmica.

Cuando me iba, Bota empezaba a tocar Post Crucifixión. Me dijeron que después tocó algunas más del cancionero del rock nacional y que Bruce Ewan sopló su armónica con el mismo placer e intensidad como si estuviera tocando una de Sonny Boy Williamson. Estos dos grandes maestros demostraron que el blues no cierra puertas, las abre, y que no hace falta creerse más negro que los negros para cantarlo. Me hubiera gustado ver todo el show, pero el deber llamaba. Me fui tranquilo porque es obvio que esa sociedad musical, más tarde o más temprano, volverá a juntarse.

lunes, 17 de abril de 2017

El sueco que conquistó Chicago


En 1963, Per "Slim" Notini formó la primera banda de blues de Suecia, la Slim's Blues Gang, y al año siguiente, según consignó Samuel Chartes, el grupo editó el primer disco de blues de ese país. Casi en paralelo, los dueños de Sonet Records, un sello local que llevaba menos de una década grabando artistas de jazz colaboró con la llegada a Estocolmo de legendarios bluesmen de Chicago, como parte de los American Folk Blues Festivals que organizaban dos promotores alemanes. De esa manera, Muddy Waters, Willie Dixon y Sonny Boy Williamson, entre otros, llegaron por primera vez a ese país nórdico y dejaron su huella. En los meses siguientes, gracias a la difusión de los artistas negros en Europa el blues tuvo un inesperado boom que Sonet supo capitalizar en un acuerdo comercial con Chess Records. Fue entonces cuando apareció en escena Per-Åke Tommy Persson, o simplemente "Peps".

En 1967, se cruzaron los caminos de Peps Persson, Slim Notini y Sonet Records. El sello decidió grabar su primer disco de blues local y para eso firmaron con Persson quien tenía una sólida base de blues de Chicago. Peps llamó a su amigo Slim para que colaborara con su banda. El resultado fue el álbum Blues Connection. El contexto histórico es importante: por aquél entonces en Suecia, al igual que en gran parte de Europa, primaba el sonido de las bandas y solistas ingleses, y los músicos locales no querían imitarlos. Las visitas que pocos años antes habían recibido de los pioneros del blues los habían marcado a fuego y eso es lo que buscaban emular pero con un toque autóctono. La relación comercial entre Sonet y Peps, que por esa época se presentaba con el nombre artístico de Linkin' Louisiana Peps, se había consolidado y, en 1969, al frente de una nueva banda, Blues Quality, lanzó el disco Sweet Mary Jane, con la polémica portada de los músicos entremezclados con vigorosas plantas de marihuana. El sonido blusero del grupo en ese álbum no tenía absolutamente nada que envidiarle al de los Bluesbreakers de John Mayall.

A comienzos de la década del setenta, Sonet contrató a Samuel Charters para que produjera algunos discos de blues. La llegada del prestigioso investigador y musicólogo a Suecia se convirtió en un hito del blues. Primero porque sería el inicio de una relación que derivó algunos años más tarde en la serie de discos conocida como The Legacy of the Blues, que incluyó entrevistas y grabaciones con una docena de músicos como Big Joe Williams, Lightinin' Hopkins, J.D. Short, Mighty Joe Young, Memphis Slim y Champion Jack Dupree, entre otros. Pero antes de que eso sucediera, en 1972, Charters creó un nexo directo entre Estocolmo y Chicago para el que contó con la figura y el talento de Peps.

Charters recordó que el día que Peps llegó a Chicago "el clima estaba helado y soplaba un viento crudo desde el lago Michigan", y el sueco bajó del avión vistiendo apenas un pullover liviano, un saco y pantalones tweed. Llevaba el estuche de su guitarra y una valija en la que había algo de ropa, cuerdas y armónicas. Cuando Charters le preguntó qué era lo primero que quería hacer en la ciudad, Peps le respondió que deseaba ir a Sylvio's, uno de los bares más tradicionales de blues de la década del cincuenta. Peps no tendría suerte porque ese antro había cerrado hacía un tiempo así que ambos fueron a parar a Theresa's. En los próximos días le esperaría una agenda cargada. Charters le había organizado cuatro sesiones de grabación. La primera con Sunnyland Slim y su banda. Luego con Mighty Joe Young, después con los Aces y, por último, con Jimmy Dawkins.

La primera de esas sesiones encontró al sueco, de cabellera larga y aspecto hippie, cara a cara con uno de los popes de Chicago. El viejo Sunnyland Slim tocaba un blues `bien clásico y llevó a Carey Bell en armónica, Joe Hooper en bajo y W.W. Wiliams en batería. Con ellos, Peps cantó y tocó la guitarra. Cinco canciones quedaron registradas en el álbum doble The week Peps came to Chicago, entre ellas, cuatro composiciones del sueco, así como también una toma alternativa de There's tears in your eyes. Según recordó Charters, los músicos quedaron muy impresionados con Peps.

La movida siguió en los estudios Sound, ubicados sobre la avenida Michigan, al comando de Stu Black. con Mighty Joe Young, el bajista James Green y el baterista Alvino Bennett. Esta vez, el sueco cantó y tocó la armónica. En el disco quedaron registradas otras cinco canciones -cuatro escritas por él y una por Young- y dos versiones alternativas. En cada una de esas interpretaciones se percibe un sonido más moderno pero con el mismo espíritu blusero de la anterior. El siguiente encuentro fue con los Aces -los hermanos Dave y Louis Myers, y Fred Below Jr.- y Peps se dio el lujo con su armónica de liderar, por unas horas, la banda que había estado detrás de Little Walter y Junior Wells. Con ellos también tocó sus propios temas y una versión de Gipsy woman, de Muddy Waters. Para el final de ese raid blusero le quedaba el encuentro con Jimmy Dawkins, figura ascendente de la escena de Chicago. La sección rítmica estuvo a cargo de Mac Thompson en bajo y Bobby Davis en batería, con la colaboración del veterano pianista Johnny "Big Moose" Walker. El repertorio, esta vez, incluyó más covers: Juke, Key to the highway y Going back to the country.

Para Samuel Chartes, la semana que Peps estuvo en Chicago "fue uno de esos momentos que abrió una nueva dimensión en la música sueca". Pero no fue sólo eso, a casi medio siglo de aquellas históricas jornadas, solo comparables con las grabaciones de Fleetwood Mac o los Stones en Chess Records, podemos decir que también fue un momento bisagra que contribuyó aún más a la universalización del blues. El sueco no se amilanó, les enseñó sus propias canciones, tocó con ellos y hasta cantó. Y los músicos locales lo aceptaron por su talento, su respeto y su profundo conocimiento de lo que estaba interpretando.


viernes, 7 de abril de 2017

Futuro blues

Rhiannon Giddens - Freedom highway. La música de Rhiannon Giddens es inspiradora. Es como el arco iris, luminoso, colorido. Es la conjunción perfecta -y equilibrada- entre la tradición de la música popular estadounidense y los tiempos que estamos viviendo. Rhiannon toca el banjo y fusiona blues, country, bluegrass, folk, soul y hasta gospel. Pero además es una gran compositora y tiene una voz dulce y melancólica. Freedom highway no es su primer disco, de hecho tiene bastante experiencia en estudios de grabación: un álbum previo como solista; seis con la banda Carolina Chocolate Drops; y participó de un tributo a Bob Dylan con Elvis Costello y Marcus Mumford, entre otros. Pero este disco es, sin dudas, lo mejor que ha hecho. Cada una de las canciones son una invitación a sentir con más intensidad, a vibrar, a dejarse llevar. Desde la sombría At the purchaser's option o la hermosa balada Birmingham sunday o la trepidante The love we almost had, con ese fascinante solo inicial de trompeta, Rhiannon enaltece el buen gusto. También satisface con los covers: brillantes interpretaciones de The angels laid him away, de Mississippi John Hurt, y el tema que da nombre al álbum, de Pops Staples. El disco se mantiene alto hasta cuando incorpora el rapeo de Justin Harrington en Get it right the first time, un tema comprometido que denuncia la brutalidad policial. Los otros ocho temas son también hermosos tanto como la bella Rhiannon.

Jontavius Willis - Blue metamorphosis. Jontavius tiene 20 años y es discípulo de Taj Mahal. Este, su primer disco, es un refrescante encuentro con el sonido tradicional del blues. Parece mentira que siendo tan joven suene tan maduro y curtido. En cada uno de sus temas muestra un compromiso absoluto con las raíces aunque no se aferra a un estilo regional determinado. Las doce canciones de Blue metamorphosis unen distintos puntos y momentos: desde Delta blues (Ancestor blues y So so blues), Piedmont (Mr. Willis worried blues), Texas (Drunk Sunday) y gospel blues hasta un sonido más eléctrico cercano a Chicago (I got a janky woman). Jontavius toca con slide, con púa y, por sobre todas las cosas, se destaca con el fingerpicking. "Me gusta tocar el viejo blues porque es un vistazo al pasado. Muchos viejos bluesmen son olvidados, solamente queda su memoria y sus discos. El blues es las raíz de la música americana y es grandioso explorarlo". dijo Jontavius en una entrevista a la revista Living Blues. Jontavius Willis es una rara avis. Mientras los jóvenes afroamericanos de su edad eligen el hip hop u otros géneros, él apuesta a la preservación y difusión del blues. Con todo, tiene un futuro brillante y eso es una apuesta fundamental. No creo que pretenda competir con los que fusionan el blues con el rock o derivan en sonidos más contemporáneos, sino que son distintas variantes que suman para que el blues siga vivo.

Dylan Bishop Band - The Exiting Sounds Of the Dylan Bishop. Así como Jontavius Willis, Dylan Bishop también descubrió el blues por YouTube. Al primero lo impactó un video de Muddy Waters, al segundo uno Elmore James. Este chico, del área de Dallas-Forth Worth, en Texas, es aún más joven que el moreno nacido en Greenville, Georgia. Apenas tiene 18 años y recién terminó la escuela secundaria. Tiene un talento innato con las seis cuerdas y se enfoca en el blues de Texas y de la Costa Oeste. Sus máximas influencias son Johnny "Guitar" Watson, Clarence "Gatemouth" Brown y Jimmie Vaughan, pero mucho contribuyeron en su desarrollo como guitarrista y músico Mike Morgan, Anson Funderburgh y Hash Brown. En el caso de Vaughan, quedó tan impresionado al escucharlo por primera que se ofreció a tocar en el disco. "Este es tu disco, así que haré lo que quieras", le dijo el legendario guitarrista texano. El álbum es excelente de punta a punta. Comienza con la animada She`s my baby y se mantiene siempre arriba hasta el final. Bishop apunta a transmitir el blues a los chicos de su edad, tarea nada fácil. "Voy a incorporar otras cosas, nada drástico, quiero demostrarles que este es un género divertido. Por eso no quiero encasillarme, la música es cambiante y evolutiva", explicó al Dallas Observer. Pronto lo veremos en Buenos Aires.

jueves, 30 de marzo de 2017

De promesa a realidad


Hace unos años hice una encuesta entre medio centenar de músicos del blues local y una de las preguntas era ¿Quién es la promesa del blues argentino? Once de los 51 consultados eligieron a Federico Verteramo. En segundo lugar quedó Juan Manuel Torres con seis votos. Por entonces Verteramo tenía 20 años y era el guitarrista de una banda que se disolvió, Los Huesos de Gato Negro, pero que dejó su huella entre la nueva generación de bluseros argentinos. Desde entonces, el guitarrista zurdo no paró de perfeccionarse y de trabajar con distintas agrupaciones. Tocó en la banda de Adrián Flores, en la de Xime Monzón y con Jorge Costales. Se fue de gira a Europa con Nacho Ladisa y desde hace un tiempo es uno de los guitarristas de Easy Babies. Ahora, al frente de su proyecto Verteramo Trío, acaba de lanzar su disco debut.

A sus dotes como guitarrista le sumó un estilo de canto despojado, con un feeling especial y buen registro. El álbum reúne once temas, diez de ellos son covers y una composición instrumental propia, Mala suerte amigo, con la que se despide. Verteramo contó con la co-producción de Julio Fabiani y la mezcla de Daniel De Vita.

Si bien la banda y el disco se llaman Verteramo Trío solo en dos temas se presenta con ese formato –con Germán Pedraza en batería y Chirstian Morana en bajo, la rítmica de Los Huesos...- y son justo dos instrumentales, el mencionado Mala suerte amigo y Don't lose your cool, de Albert Collins. En las demás canciones cuenta con una amplia gama de invitados que jerarquizan su sonido y le permiten destacarse aún más dentro de los diferentes estilos de blues que abarca. Comienza con Don´t say that no more, la gran composición de Jimmy Reed, con el piano de Anahí Fabiani sosteniendo la melodía. Sigue con la poderosa I got a rocket in my pocket, clásico de la década del cincuenta, al que le imprime unos riffs de guitarra fabulosos respaldado por Tavo Doreste en piano y los caños de Yair Lerner, Federico Álvarez y Gonzalo Pérez. En Mean old train explora el blues de Chicago antes de homenajear con mucho ímpetu a Freddie King con Big legged woman, con la incomparable voz de Guido Venegoni y otra vez el soporte de la sección de vientos y Doreste aporreando las teclas.

En la mitad del álbum sorprende con una exquisita interpretación de Honky tonk woman de los Stones, mucho más bluesy que la original, con un buen aporte en slide de Julio Fabiani y los coros sublimes de Florencia Andrada. En Letter to my girlfriend, inspirada en la versión de Guitar Slim, Verteramo y los vientos sobrevuelan la tradición del temprano R&B y el sonido de Nueva Orleans. Night time is the right time, con Florencia Andrada ahora en voz principal, mantiene la vara muy alta, y luego vuelve sobre la figura de Jimmy Reed con I´m going upside your head con Julio Fabiani otra vez acompañándolo en guitarra. Para el final suma la armónica de Jorge Costales en Sleeping in the ground y así redondea un álbum formidable y muy variado.

En cada uno de los temas el guitarrista despliega toda su técnica y sentimiento, con fraseos soberbios y unos punteos muy intensos y profundos. Verteramo ya no es más aquel niño prodigio al que sus pares eligieron como la promesa del blues argentino, es un músico hecho y derecho, con un gran presente, que le asegura a la tradición del blues, y sus distintos estilos, un gran futuro.


martes, 21 de marzo de 2017

¿Cuál es el futuro del blues?


Las primeras reacciones ante las muertes de James Cotton y Chuck Berry, con apenas 48 horas de diferencia, fueron de consternación, pero inmediatamente surgieron los interrogantes sobre el futuro del blues. ¿El género sobrevivirá con la ausencia de sus próceres? ¿Los jóvenes músicos estarán a la altura de sus predecesores? ¿Seguirá siendo blues o mutará en estilos inclasificables?

Es cierto que Chuck Berry trascendió al ámbito del blues y es reconocido como uno de los pioneros del rock and roll. Pero no nos olvidemos que fue uno de los músicos insignia de Chess Records en la década del 50, la era dorada del blues de Chicago. En esas grabaciones contó con la participación de Willie Dixon, Matt Murphy, Johnnie Johnson, Fred Below, Lafayette Leake y algunos otros músicos que aún hoy no se logró determinar quiénes fueron y figuran como "unknown" en los catálogos. Berry llegó al sello de los hermanos Chess gracias a Muddy Waters.

Por ese entonces, James Cotton, nueve años menor que Berry, se sumó con su armónica a la banda de Waters. Es decir, los dos estuvieron en un momento clave del desarrollo del blues eléctrico –que coincidió con el nacimiento del rock & roll- y cada uno hizo su aporte significativo. Por el lado de Berry, lo suyo no varió mucho con el correr de los años. De alguna manera quedó atrapado, por el resto de su carrera, en un loop perpetuo de Johnny B. Goode, Maybellene y Roll over Beethoven. A tal punto que en los últimos años de su vida, sus hijos lo explotaron comercialmente, llevándolo por varios países, entre ellos Argentina, montando un espectáculo que el pobre y viejo Chuck no estaba en condiciones de dar. (Esto promete seguir porque Chuck dejó un disco grabado que sus hijos ya anticiparon que editarán en breve cuando el cadáver de su padre todavía está tibio).

El caso de Cotton fue muy diferente. Entre fines de los sesenta y mediados de los setenta grabó algunos álbumes más inclinados a los sonidos de la época, con sección de vientos, funky y soul, en busca de una oportunidad comercial. Luego llegó su vínculo con Alligator Records, editó algunos de sus mejores discos y se convirtió en un referente indiscutible de la armónica contemporánea. Las últimas dos décadas lanzó, en su mayoría, discos híper producidos para distintos sellos importantes. En síntesis, su carrera siempre fue ondulante y en muchos momentos priorizó lo comercial por encima de lo estilístico. Y no está mal, de hecho eso lo hicieron la mayoría de los bluseros, desde B.B. y Albert King, hasta Buddy Guy y el mismísimo Muddy Waters.

Buddy Guy
Hay una cuestión generacional que es ineludible. Las viejas glorias del blues se mueren y la pregunta es qué le depara al género en el futuro. Veamos: Buddy Guy tiene más de 80 años, se lo ve muy bien de salud y gira alrededor del mundo con su show for export que muchos bluseros tradicionales detestan. Pero el tipo vende discos, llena teatros y, guste o no, es el máximo referente del blues en estos momentos. Luego están Henry Gray, Billy Boy Arnold, Cedell Davis y Lazy Lester, aunque ya por su edad y distintas problemas de salud su protagonismo en la escena musical es casi nulo. Otis Rush sigue vivo pero hace años que está inactivo. Y los pocos que giran con cierta frecuencia son Bobby Rush, Jimmy "Duck" Holmes, Robert "Bilbo" Walker, John Primer, Lurrie Bell y Eddy Clearwater... no muchos más. Después está el elenco de bluseros blancos con amplia trayectoria encabezado por Ronnie Earl, Duke Robillard, John Mayall, Sugar Ray Norcia, Anson Funderburgh, Jimmie Vaughan, John Hammond Jr. y Charly Musselwhite . Todos ellos siguen vigentes, tanto en festivales y/o grabando frecuentemente, cada uno de ellos con un estilo determinado. Pero todos superan los 60 años y el reloj está corriendo.

Jontavius Willis
Entre los de la nueva generación, el que más se destaca -y al que más critican también- es Joe Bonamassa. Los puristas lo detestan pero el tipo sacó discos en vivo en los que homenajea a los tres King, a Muddy Waters y Howlin' Wolf, o toca temas de Charley Patton y así esparce la palabra blues por el mundo. En la otra punta se ubica Jontavius Willis, un joven de 20 años, discípulo de Taj Mahal, que toca blues tradicional, pero como bien señala Juan Urbano López no ostenta un estilo definido como los bluseros de antaño sino que va del ragtime al blues del Delta, al piedmont e incluso Chicago. Probablemente sí, esa parte del folclore tradicional, de los bluesmen que solo tocaban música de su región esté a punto de extinguirse.

Jontavius descubrió el blues en YouTube. Lo mismo le pasó a otro joven talento, Dylan Bishop. Y es probable que lo mismo haya sucedido con Marquise Knox, Rhiannon Giddens o Christone Kingfish Ingram. Todos ellos están expuestos a un bombardeo de información permanente difícil de manejar y tal vez en el futuro terminen haciendo algo que muchos consideren que no es blues. Les pasó, sin ir más lejos, a las esperanzas del blues tradicional de la década del noventa: Corey Harris se volcó al reggae; Alvin "Youngblood" Hart al rock; y Keb' Mo' se obsesionó con las nominaciones al Grammy.

Daniel De Vita
En contraposición, en un país tan distante del Mississippi como la Argentina, hay músicos jóvenes muy enfocados en preservar la tradición o algún estilo en particular. Daniel De Vita, An Díaz, El Club del Jump, Xime Monzón y Federico Verteramo son los principales referentes. Leo Parra Castillo, gran intérprete de country blues me lo dejó muy claro cuando le pregunté si no tocaba nada de Mississippi John Hurt. "Por ahora estoy concentrado en Charley Patton, Son House, Robert Johnson y el sonido más puro del Delta y trato de no perderme en la sobreabundancia de información", respondió. Todos ellos respetan a rajatabla distintos estilos de blues como lo hicieron –y lo hacen- Daniel Raffo, Adrián Jiménez, Nico Smoljan, Damián Duflós y tantos otros. En el otro extremo están los que escriben sus propias canciones en español y siguen la línea del blues argentino, desde Botafogo y La Mississippi hasta Easy Babies y 50 Negras.

En definitiva, las muertes de James Cotton y Chuck Berry golpearon duro al ambiente del blues –y de la música en general- pero de ninguna manera constituyen el certificado de defunción del género. Desde sus inicios, el blues fue dinámico y evolutivo. El blues no se murió con el nacimiento del rock and roll, por el contrario tuvo un redescubrimiento. Con la llegada del CD se editaron y reeditaron muchos más discos de los que se editaban hasta entonces. Internet y las redes sociales acercaron de manera brutal y sin filtro a una nueva generación.

Hoy el escenario es distinto, pero eso no significa que todo esté perdido, sino que la gama de ofertas bluseras es mucho más amplia y está a la distancia de un click. Me parece inconducente la discusión sobre qué es y qué no es blues. A comienzos de los cincuenta, Big Bill Broonzy decía que Muddy Waters no tocaba blues y lo que pasaba, en realidad, es que no tocaba blues como él lo conocía. De cara al futuro, la comunidad blusera deberá aceptar que el paso del tiempo es ineludible y reconocer que las nuevas generaciones tendrán otra forma de expresar el blues. Y éstas deberán asumir el compromiso, independientemente del estilo que toquen, de preservar y difundir el legado y la esencia del viejo blues.

viernes, 17 de marzo de 2017

Hill colombian blues


Carlos Elliot Jr. está vestido igual que en la tapa de su disco Del Otún & el Mississippi, el último que editó. Lleva camisa a cuadros, la misma remera negra por debajo, el sombrero que lo caracteriza, pantalón de jean y botas de gamuza. Camina por entre las mesas y se sienta a charlar con todos los que fueron hasta el Balcón de Blues para ver su debut porteño. Es un tipo agradable, conversador y se muestra muy agradecido. El show empieza poco después de las 23, la Telecaster roja cuelga de sus hombros mientras sopla un pífano y el baterista Eduardo Oviedo, colombiano como él, marca el ritmo de un blues hipóntico con el que el que invocan a los espíritus del Hill country blues.

Toma la guitarra y larga los primeros acordes de Dance with me. El repiqueteo de la batería es incesante, no hay respiro. Elliot Jr. hace la rítmica, lanza unos riffs serpenteantes y cuela unos solos furtivos. Son dos pero suenan como si fueran cinco. “Y ahora vamos a tocar un tema dedicado a una vieja mula de mi tierra”. La zona es Pereira, epicentro del eje cafetero, la perla del Otún. La mula es Katrina. El ritmo es desenfrenado y seductor.

Entonces empiezan a desfilar los amigos: Rubén Vaneske –ex armoniquista de La Mississippi y productor del show- sube con su washboard y su armónica, y también lo hacen sus ex compañeros de la banda, los saxofonistas Eduardo Introcaso y Zeta Yeyati. Carlos Elliot Jr. anuncia el siguiente tema, Shake your body on the dance floor, y la música toma un camino insondable: el Hill country blues se pierde en un alocado frenesí de jazz avant garde, que se agudiza con Love you with all my heart. Y mientras los saxos deambulan por el éter de la improvisación, el guitarrista camina entre las mesas, se sube a una banqueta, luego a la barra y sigue tocando como si solo estuviera haciendo la mímica de lo que está sonando. El cierre de la primera parte encuentra otra vez solos a los músicos colombianos interpretando Got this feeling con un espíritu más souleado.

El intervalo, que anunció de “cinco, o diez, o quince minutos”, dura casi media hora. El hechicero colombiano vuelve a escena con su baterista y Héctor Bracamonte, el Bracagol del blues, en segunda guitarra, lugar que luego ocupará el zurdo Hernán Tamanini. Y Carlos Elliot Jr. vuelve a caminar entre las mesas, pero esta vez va más allá, cruza la puerta y sale a la calle. El semáforo de Lavalle y Mario Bravo está en rojo, no pasan autos y en el cruce de ambas arterias el tipo se acuesta sobre el asfalto y sigue tocando como si fuera algo normal.

En nuestro país no hay casi exponentes del sonido del Hill country blues, tal vez los más destacados, por no decir los únicos, son los cordobeses de Alligator's Sons, así que la presentación de Carlos Elliot Jr. es de un valor doble: un músico colombiano tocando el estilo del norte del Mississippi en la Argentina. Una muestra más de que el blues sigue derribando fronteras.

martes, 14 de marzo de 2017

Ambos mundos


El disco tiene un instante trascendental de diez segundos. En ese breve lapso, la voz de An Díaz entra en erupción como un volcán. Es la introducción de I can't quit you baby y ella llega a un registro vocal extraordinario, inspirado en ese comienzo mágico de Otis Rush cantando en vivo en uno de los American Folk Blues Festival. Luego entra la banda -Daniel De Vita en guitarra, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería- y despliega un soporte eléctrico con el que la voz de An se esparce con comodidad sin perder intensidad.

Ese tema aparece promediando el álbum -EP, más bien- debut de An, una paleta colorida que, como explicó ella, refleja lo que pasó en su vida desde que comenzó con la música no hace mucho tiempo atrás. El álbum tiene blues y gospel, sus dos mundos, casi en proporciones idénticas.

Todo comienza con ella rasgando una guitarra acústica y cantando You can talk about me, de Jessie Mae Hemphill, en una búsqueda profunda de sus raíces musicales, bien al norte del Mississippi. Luego deja el porche de una cabaña desvencijada e ingresa en una iglesia junto al brasileño Luciano Leães. quien sostiene una base de hammond para que ella entone If I can help somebody, de Mahalia Jackson. Sigue en la misma línea espiritual con I'm gonna live (the life I sing about in my songs), pero esta vez la acompaña en voz y guitarra acústica su maestro Gabriel Grätzer, y el sonido imita las viejas grabaciones de de las décadas del veinte y el treinta.

Con mucha fuerza y, el sostén rítmico de Dany De Vita en guitarra eléctrica, versiona Anytime you want de Sean Costello. Después de la apabullante interpretación de I can't quit... sigue en Chicago y con mismo el trío eléctrico para rendirle tributo a Magic Sam con Keep on lovin' you baby. El disco termina con An entonando Death is awful, de Vera Hall, con base de percusión electrónica y extractos del discurso de I have a dream de Martin "Luther" King. Pero hay algo más... un track oculto, An's song, en el que Lee -músico oriundo Clewiston, Florida, radicado en Buenos Aires- la acompaña en Rhodes y voz.

La calidad de grabación es óptima porque detrás de la consola estuvo De Vita y además Mariano D'Andrea sumó know how durante la sesión de 9 de octubre del año pasado.

Ella eleva su voz, potente e inmaculada, cualidades que distinguen al blues y al gopel de raíz.

Los dos mundos de An.


lunes, 6 de marzo de 2017

El Club del Progreso


Es sorprendente la evolución musical de El Club del Jump. Hace apenas poco más de tres años era una banda en formación y hoy es un grupo de nivel internacional. Y no hay ni la más mínima exageración en esa sentencia. Alcanzaron un sonido prolijo y exquisito, un ensamble modélico y los arrebatos individuales de los hermanos Burguez, desde la guitarra o los teclados, son formidables. A todo eso le sumaron la composición y algunos de los temas que escribieron tranquilamente podrían pasar a ser parte del repertorio de músicos como Ronnie Earl o Sugar Ray Norcia.

Basta con escuchar Don't worry, el segundo tema del disco, escrito por Martín Burguez, para comprender de qué va la cosa. Martín se convirtió en un músico excepcional, claramente tiene un talento innato al que le agrega una cuota importante de sacrificio y dedicación. Porque para llegar a tocar así, con tanto swing y timming, hay que practicar y ensayar hasta que los dedos pidan clemencia. Pero no es sólo con la guitarra con lo que se destaca. Su canto encaja perfectamente en el molde del jump y el west coast.

Todo el disco tiene un sonido cuidado, no hay ni un bache y la rítmica, encabezada por Christian Morana en bajo y Gonzalo Rodríguez en batería, motoriza la dinámica aplastante de la banda y, cuando es necesario, allana el camino, con un pulso equilibrado, para que se destaquen los solistas. Checkmate cuenta además con dos invitados internacionales, los brasileños Camila Dengo e Iván Marcio. Ella canta una sensual versión de 5,10,15 hours, y él colabora en voz y armónica en el clásico Lonesome train. Nico Smoljan también sopla su armónica en Ain't got you, de Billy Boy Arnold, tal vez, el único tema Chicago del disco. Y luego están Yair Lerner en trompeta y Federico Álvarez en saxo que suman el poder de los caños en tres de las 14 canciones del disco.

El álbum, el segundo de la banda, cuenta también con algunas curiosidades que vale la pena destacar. La primera es la versión sublime y bluseada de La Calabresa, una canción tradicional italiana que Martín Burguez me contó que solía cantársela su abuelo. Los solos de piano y guitarra son realmente fantásticos. La segunda es Dance and feel the blues, un tema escrito por los hermanos Burguez inspirados en el sonido de Nueva Orleans, con un gran aporte de los caños. Y la tercera es Buffalo jump, en el que la banda muestra su potencial jazzero.

Checkmate es un álbum que no tiene desperdicio. Marca la evolución de una banda que sabe lo que quiere y cuál es el rumbo que debe seguir. Pongan el disco, sírvanse un whisky y disfruten de esta fusión fantástica de blues y swing.


sábado, 25 de febrero de 2017

Comfort sureño

Rich Robinson - Foto Daniela Cilli
Rich Robinson no es muy expresivo, al menos con las palabras y los gestos. Sí lo es con sus solos de guitarra, extensos y profundos, y con las letras de sus canciones. Dos de las tres veces que se dirige al público son para agradecerle a Nico Bereciartúa, guitarrista de su banda, por haberlo traído a la Argentina. La otra es para cuestionar a los que usan sus teléfonos celulares para ver Facebook en medio del show. “Desde aquí podemos ver cómo se iluminan sus caras”, dice.

El sonido de Rich Robinson, en su versión solista, es mucho más refinado que el de los Black Crowes, por más que en el set list incluya varios temas de la banda que formó con su hermano Chris a mediados de la década del ochenta. Pero el espíritu es el mismo. Eso no lo negocia: rock & roll sureño en su máxima expresión.

A las 21.45 se corre el telón del Teatro Gran Rivadavia y los músicos entran en fila. Nico Bereciartúa, que animó la previa con su propia banda, encabeza el grupo y se ubica en el extremo opuesto. Robinson lleva el pelo atado, se cuelga la guitarra al hombro y lanza los primeros acordes de Shipwrek, tema con el que abre su disco Flux. Pero algo falla. Su voz no se escucha en absoluto y, pese a las reiteradas señas que le hace al sonidista, no logra solucionarlo.

En el segundo tema, Stand up, cantado por John Hogg –también corista, guitarrista y percusionista- el sonidista arregla el percance y todo vuelve a la normalidad. El resto del repertorio alterna entre temas de sus propios discos con algunos de los Black Crowes como Hotel illness, What is home y Oh Josephine, en la que se genera un cruce de solos entre Rich, Nico y el tecladista Matt Slocum, que marca un quiebre en la intensidad sonora que propone la agrupación.

A partir de ese momento, con otra de los Crowes, Wiser time, la banda sube el volumen a límites sensibles y no parara hasta el último acorde de la noche. Los solos Rich y Nico se conjugan en cada una de las canciones, algunas veces con slide y otras no, pero generando una alternancia inflamable que llega a su pico con el cover de los Allman Brothers, Stand back.

Nico Bereciartúa. Foto Daniela Cilli
La banda tiene una tremenda solidez y su articulación es de una complejidad notable. El ritmo que llevan Sven Pipien (bajo) y Joe Magistro (batería) es inquebrantable.Se percibe el comfort sureño y en su explosión roquera, de jam perpetua, conviven las raíces más profundas de la música norteamericana. Y Nico se desenvuelve entre ellos con mucha naturalidad. Todos sus punteos fluyen libremente y cuando lleva la rítmica lo hace con mucha convicción. Su relación con Rich, que comenzó con una botella al mar, se convirtió en una sociedad que apuesta al futuro.

La capacidad del teatro está en un 60 o 70 por ciento. El público tiene momentos de júbilo aunque a algunos se los ve aturdidos por el volumen. Sobre el final llega Oh! Sweet nuthin’, exquisito cover de Velvet Underground, que Rich canta con mucho sentimiento y en el bis vuelve a los Black Crowes con Thorn in my pride, porque siempre, siempre, se vuelve a las fuentes.

viernes, 17 de febrero de 2017

Reunión cumbre


En 2010, Viviana Dallas y Marcelo Ponce cumplieron un viejo sueño: trajeron a la Argentina a Stefan Grossman -músico e historiador neoyorquino, discípulo del Reverendo Gary Davis- para realizar una serie de conciertos y workshops. La experiencia fue muy enriquecedora para el dúo más reconocido del country blues y el gospel local. A más de seis años de aquella reunión cumbre, acaban de lanzar el álbum Down home sessions in Argentina, que revive algunas de las canciones que tocaron juntos.

El disco, que por ahora no fue lanzado en formato físico, comienza con Ponce y Grossman llevando adelante las guitarras mientras Dallas canta Lonesome day blues, de Blind Willie McTell, y Sebastián Casaccio en contrabajo y Matías Mingote German en batería sostienen el ritmo con sutileza. En la misma línea, pero con un espíritu más del Delta del Mississippi, se embarcan en Dust my broom, para luego circunscribir el canto de Dallas a la época dorada del vaudeville con Mean old bed bug blues. Vuelven sobre Robert Johnson, porque siempre se vuelve a Robert Johnson, con una interpretación candente de When you got a good friend.

Es extraordinario el clima que logran cuando versionan Hard time killin' floor de Skip James. El tempo es muy adecuado, la vocalización es conmovedora y las guitarras, esta vez desnudas sin el sostén de la base rítmica, nos transportan a los más profundo del Mississippi. Y allí mismo nos dejan con la cadencia de My baby left me. El repertorio concluye con aproximación a la figura de Blind Blake, con tres de sus temas al ritmo del ragtime, con soltura y buen pulso.

El disco -disponible en Itunes, Amazon, Emusic y Spotify- es una muestra acabada de cómo nuestros artistas de blues están a la par de los estadounidenses tanto en su nivel de conocimiento de la historia del blues como en su capacidad interpretativa y sus dotes técnicos. Pero, tal vez lo más importante de todo, en el caso de Dallas-Ponce, es la pasión con la que viven y sienten el blues.




jueves, 9 de febrero de 2017

Nashville


El trayecto de Oxford a Nashville es el más largo y agotador de todos los que realizamos. El GPS nos lleva por una ruta alternativa, la 18, hacia Jackson, Tennessee, y tras más de dos horas de viaje, empalmamos con la autopista 40. Llegamos a la meca de la música country de noche y nos alojamos en un Days Inn en las afueras de la ciudad. El frío, que venía aumentando en los últimos días, aquí ya resulta insoportable. La temperatura, a eso de las 21, es de cinco grados bajo cero. Así y todo, nos ponemos la ropa más abrigada que tenemos y vamos hasta Broadway, la avenida donde la música brota en cada rincón.

Estacionamos el auto en un parking porque no hay otra opción más que esa y encaramos hacia el bullicio y las luces de neón. Los primeros metros no parecen tan duros, pero enseguida nos damos cuenta que los porteños no estamos preparados para soportar semejante frío. Pasamos por la puerta del mítico auditorio Ryman y ni siquiera podemos detenernos unos segundos para contemplarlo. La sensación es de congelamiento inminente. No damos más. Entramos en el primer lugar en el que parece que podremos recuperar el calor corporal y comer algo. Es un local de hamburguesas, para variar, y pedimos un par de cheeseburgers con papas y batatas fritas. La de Gabriel tiene panceta y cebolla. La mía, apenas tomate.

Estamos en Nashville y no vamos a dejar que el clima nos derrote. Cuando terminamos de comer nos ponemos los guantes, las bufandas, las camperas con capucha y salimos de nuevo a Broadway. Pero perdemos por goleada. Empezamos a caminar rápido en busca de otro lugar en el cual refugiarnos mientras el frío nos clava sus agujas. Entramos en un antro llamado Layla’s. donde suena un rockabilly potente y ruidoso que al principio no nos entusiasma, pero que con el correr de los temas empezamos a disfrutarlo. La banda se llama Hillibilly Casino y toca temas de Johnny Cash, Buddy Holly y Gene Vincent. El cantante tiene una energía demoledora y es un frontman muy atrevido. El trío que lo respalda –guitarra, contrabajo y batería- suena muy compacto. Invitan a cantar a una vocalista de la Brian Setzer Orchestra, Leslie Spencer, y luego a un veterano, pelado y regordete, que dicen que fue contrabajista de Bill Monroe. Se ve que aquí son todos músicos menos yo. Al final abandonamos, pero sin tirar gas pimienta, y nos vamos al hotel porque al día siguiente tenemos mucho por ver.

El sábado a la mañana amanece muy fresco pero el pronóstico augura una temperatura más aceptable. Nuestro primer destino es el Grand Ole Opry House, un clásico de la música country, y del gringaje en general, que está a unos 25 minutos del centro de la ciudad. La gran sala está en medio de un imponente mall comercial, que representa la máxima exaltación del consumo. Sentimos cierta repulsión y decidimos no pagar los 26 dólares que sale el tour por la sala. De allí nos vamos al Partenón, una réplica exacta, de hecho la única que hay en el mundo, de la mítica edificación griega. Este fue construida en 1897 y es una de las pocas atracciones turísticas de Nashville que no está relacionada con la música.

A unas pocas cuadras está el campus de la Universidad de Fisk, cuna del gospel, y allí lo pierdo a Gabriel durante un buen rato. Cuando reaparece todavía es de día y vamos en busca de la revancha a Broadway. Primero pasamos por el Ryman, lo rodeamos pero no podemos entrar porque hay un show que está sold out. Entonces caminamos por aquí y por allá. Nos cruzamos con varios músicos callejeros que tocan por monedas y tenemos la desgracia de escuchar al único negro sin ritmo del mundo: un imitador de Louis Armstrong que canta una y otra vez When the saints go marching in y hace unos solos de trompeta que son más dañinos que el frío del día anterior.

Bajamos hasta el río Cumberland, caminamos por la rambla y entramos en una cafetería. Después de tomar un cappuccino vamos a un centro de convenciones gigante, el Music City Center, que parece una nave espacial. Recorremos una feria de antigüedades y vemos el final del show de una parejita de adolescentes, rubios, pulcros y ella parecida a Reese Witherspoon, que interpretan algunas baladas folk y country.

Poco antes de las 20 llegamos al City Winnery, un coqueto lugar para ver recitales y tomar buenos vinos, fuera del circuito de Broadway. Estamos aquí porque logré que nos acreditarán para el show de Delbert McClinton. Y no es un evento más: se trata de la fiesta de presentación de su nuevo disco, Prick of the Litter. Primero suben a escena el guitarrista Bob Britt y su mujer Etta para hacer un set acústico y nos sorprenden con varios temas de J.B. Lenoir -I feel so good, Voodoo music y How much more- y un par de spirituals como Wade in the water y Jesus is gonna make up my dying bed.

Media hora más tarde aparece en escena el viejo Delbert respaldado por una banda conformada por dos guitarras, piano, hammond, trompeta, saxo, bajo y batería, más el ocasional aporte de dos coristas. Britt maneja las riendas del grupo y abren con Take me to the river. Luego se despachan con un par de canciones del nuevo álbum pero, a mi criterio, a la primera parte del show le falta algo de fuerza. De todas maneras, el ensamble es perfecto y el pianista y el trompetista sobresalen en cada solo que hacen. Tras un intervalo en el que Delbert deja el escenario y la banda toca el clásico Tequila, regresa para cantar Fannie Mae, de Levon Helm; sus clásicos Give it up on your love y Every time I roll the dice; y una versión shuffle de She`s nineteen years old, de Muddy Waters. La segunda parte es mucho mejor que la primera y el público termina bailando entre las mesas.

Al día siguiente nos despertamos temprano y vamos hasta Hendersonville, a unas 20 millas al norte de Nashville, a rendirle homenaje a Johnny Cash. Nos cuesta encontrar su casa y damos vueltas en círculo hasta que finalmente, en una estación de servicio, nos dan las coordenadas correctas. A pocos metros de llegar nos topamos con unos vecinos de Cash con los que nos quedamos charlando un buen rato. Nos cuentan que la mansión, con vista al lago y en la que se filmó el video de Hurt, se incendió en 2007, cuatro años después de su muerte. La propiedad la había comprado Barry Gibb, de los Bee Gees, y se quemó accidentalmente cuando la estaban remodelando. Hoy hay solo escombros y una bruma de melancolía flotando en el aire. Luego vamos hasta el cementerio local y nos quedamos frente a su tumba, ubicada al lado de la del amor de su vida, June Carter. .

Otra vez a la ruta. Es el último tramo. Por la 40 vamos hacia el oeste y tres horas después llegamos a Memphis. Es la última noche. Pasamos por Stax y la casa donde vivió Memphis Slim, ahora reconvertida en una fundación educativa. Vamos a una disquería y terminamos en Beale Street. La popular calle está desierta se está jugando la final del Super Bowl. Igualmente tenemos nuestra última dosis de blues con los Blues Masters. Por la mañana, camino al aeropuerto, pasamos por la Universidad de Memphis y, gracias a un contacto que nos facilitó David Evans, dejamos el libro en la Biblioteca.

Después de ocho días y más de mil millas recorridas llegamos al final de nuestra aventura, una experiencia única que será imposible de olvidar.